La única maravilla del mundo antiguo que subsiste hasta nuestros días, como bien sabemos, es la Gran Pirámide de Guiza, que fue la edificación más alta del mundo durante casi cuatro mil años.

El proyecto resulta tan complejo y masivo para su época, que no pocas veces nos hemos querido explicar su existencia por la intervención de las inteligencias alienígenas.

Pero no, la pirámide misma es prueba de que de que se levantó con puro cálculo y músculo.

Aún con las facilidades de la presente era, un cálculo –chilero por supuesto– estima que el costo de reproducir una obra de esta naturaleza, rondaría al día de hoy los cinco mil millones de dólares.

Pero lo que en verdad me deja perplejo es la vocación de esta edificación que, pese a su magnificencia y dimensiones, es ¡una tumba!

Claro, vendría a ser la madre de cuanta tumba, cripta, mausoleo, nicho, sepulcro, catacumba, osario, necrópolis, fosa o monumento haya alguna vez alumbrado el intelecto o la imaginación.  

Aun así, estimo muy pobre su utilidad práctica para semejante construcción. Claro, los egipcios se tomaban eso del “afterlife” muy en serio. ¡Y cómo no! Si con ese horrendo clima del desierto y la latosa arena metiéndoseles en los calzones o arruinándoles la comida, tenían por necesidad que creer en una mejor vida posterior a la única que conocieron.

Además, este tipo de construcciones servían como declaración de poderío para otras naciones que quizás barajaban la idea de invadirlos: “¡Si esa es la tumba del Faraón, cómo tendrá su chaletito en Lúxor! Mejor invadamos a los ‘mesopotamios’, o como se llamen”.

Según recuerdo, hay dos versiones con respecto a la erección –¡pos así se dice, vaya!– de la mentada pirámide: una es que se construyó a base de látigo, sudor y sangre, con mano de obra esclava y explotada hasta la muerte; otra, más jubilosa, dice que la obra se levantó con el entusiasta apoyo y colaboración de todos los egipcios. En cualquier caso, el pueblo siempre ha de pagar por los delirios de sus gobernantes.

Esa bonita costumbre persiste hasta el día de hoy: nuestros faraones sueñan y nosotros hemos de materializar sus más mojadas fantasías.

Recientemente, hace como un mes o menos, como cinco, se anunció la anuencia legislativa para la edificación de la nueva sede del órgano electoral de esta entidad.

Quiero decir que nuestro Congreso rascahuele aprobó la construcción de un nuevo edificio que albergue nuestro orgullo hecho siglas: el IEC, o Instituto Electoral de Coahuila S.A. de C.V.

La noticia es tan venturosa que, según se informa, hasta el predio se le donará al feliz instituto, en una boyante zona al nororiente de esta capital.

El terreno le saldrá gratis al Instituto, pero ello no significa que no lo paguemos los ciudadanos. Habría que averiguar cuánto se pagó en su momento por un lote de 3 mil 500 metros cuadrados en pleno bulevar Colosio, precio que necesariamente ha de sumarse a la erogación total que represente la construcción de este nuevo recinto para el inmaculado órgano electoral.

En el IEC se les cuecen las habas por poner la primera piedra de este proyecto, mismo que existe en papel desde hace algún tiempo. ¿A qué despacho arquitectónico se le asignó el diseño? ¿Acaso hubo concurso?

Dada la bien ganada reputación del Instituto, yo recomendaría que vigilásemos muy de cerca la licitación de la obra en cada uno de sus aspectos, proveedores, ejecutores, supervisores. Porque de impedirla, ni hablar. Una vez que se encaprichan nuestras faraónicas majestades, no hay poder sobre la tierra que los disuada.

En un video, un malqueriente del IEC y su titular, estima que el costo del nuevo edificio sería de 35 millones de pesos, pero no tiene ni idea de lo que está diciendo, ya que una obra de esta naturaleza, tal y como está proyectada, no puede costar menos de cien millones de chuchos.

El tiempo me dará la razón, el nuevo elefante blanco va ser otro sangrado al erario de un estado en bancarrota que aún así se concede estos dispendios.

Mucho o poco, lo que se erogue, será carísimo si consideramos que el inmueble sólo servirá, al igual que la Gran Pirámide de Guiza, de tumba: la tumba de la democracia, que es lo que el IEC nos representa a todos los coahuilenses. No crea que lo hemos olvidado.

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