Terror y angustia padecieron nuestros hermanos durante largas horas que mortificaron sus ya de por sí arduas existencias, toda vez que tienen que cargar con el gentilicio más pin… horrendo de todo mundo: los culichis (y luego dicen que Diosito no castiga dos veces).

De lo allá acaecido mucho se habla, mucho se opina y poco se sabe (ya usté sabe, lo normal). Los reportes dan fe de un enfrentamiento entre narcotraficantes y fuerzas federales, confrontación que obligó a los culi... a los sinaloenses a suspender lo que estaban haciendo, a correr hacia algún lugar seguro y agazaparse para no acabar sus días allí mismo, tendidos en el suelo, convertidos en estadística.

Y es que, a juzgar por los videos, se armó la gorda. (Espero que Conapred no condene y/o sancione por el uso de esta expresión que no pretende zaherir o menoscabar la dignidad de las personas que padecen obesidad).

Cuando digo que se armó la gorda quiero decir que el choque entre la célula criminal y los guardianes del orden derivó en una batalla con armas de mediano, alto, altísimo y altisisísimo calibre.

O sea que, básicamente, Sinaloa se convirtió en el Coahuila en tiempos de Humberto Moreira… o en el Tamaulipas de toda la vida… o quizás podríamos afirmar que Sinaloa se convirtió en Sinaloa, sede del cártel epónimo, capital de la cultura buchona y cuna de la música más horrorosa del mundo.

No quiero que parezca que trato de minimizar los acontecimientos o de convencerlo de que es aceptable la normalización de la violencia. No, pero sí me causa mucha suspicacia cuando se pretende hacer pasar un hecho como algo inusitado, siendo que se trata de un azote que ya es viejo conocido.

Y créame que plañir, rasgarse los ropajes y arrojarnos cenizas sobre la cabeza como si de verdad nos estrenásemos –como país y como sociedad– en episodios violentos a plena luz del día, tampoco nos ayuda a explicarnos el significado de lo ocurrido en días recientes.

Entendamos primero que el hecho tiene dos lecturas totalmente opuestas y cada una es un auténtico macho al que se han montado sendos segmentos antagónicos de la población y del cual no habrá poder humano que los pueda bajar (ni siquiera los sesudos argumentos del autor de la Nación Petatiux).

Está claro que lo que para unos fue una estrategia fallida, que puso en riesgo innecesariamente a la población y tuvo un desenlace ignominioso que sienta un pésimo precedente sobre la gobernabilidad de la Presidencia, para otros fue una genuina acción de este Gobierno por frenar al crimen, un valeroso acto en el que –dadas las circunstancias– se optó finalmente por anteponer la seguridad de la población y es por ello ejemplo del criterio que debe imperar en estos casos, de estimar las vidas civiles por encima de una captura que sólo abona al capital político de un administración.

No, pos… Escójale. Aunque lo más seguro es que ya desde antes se haya decantado usted, ya sea por melón o por sandía. De hecho hay que ser honestos y reconocer que son nuestras posturas políticas las que determinan nuestra lectura de los hechos, cuando es obvio que debería ser todo lo opuesto: nuestra revisión de los sucesos debería forjar nuestra posición en lo político.

Y al que me quiera presumir que primero reprime la víscera, que contiene sus pasiones políticas y es hasta entonces que se pone a revisar la información, discriminando los giros tendenciosos en uno y otro sentido para al final sintetizar en una interpretación crítica, le voy a dar un zape por mentiroso.

Quiero decir que el que es chairo es chairo y el que es fifí, pos igual. Ni a uno ni a otro le importa lo ridículo o inexacto de los datos que comparte, o lo extraviado y fuera de contexto de las citas célebres con que apuntala sus posturas. No, el chiste es nomás validar su sistema creencias y valores porque si nos lo desmoronan, entonces sí nos exponemos a sufrir la peor crisis existencial de nuestras vidas.

Que el gobierno de AMLO cometió errores y su estrategia en materia de combate al crimen y a la corrupción asociada a éste no es clara, no me lo tiene que decir, lo estoy viendo con claridad meridiana.

De hecho es exasperante cómo ante estas crisis AMLO minimiza o trivializa lo sucedido, incluso se da el lujo de postergar su pronunciamiento y al final se pone a hablar de beisbol o de lo que sea. Sí, es muy innovador que el Presidente comparezca diariamente ante la opinión pública, pero si va a recetarnos un soliloquio absurdo, sin posibilidad de intercambio, mejor que se abstenga y deje dormir a todo el País una horita más.

Sin embargo, también estoy convencido de que estos brotes de violencia y todo lo asociado a la industria del narco son fenómenos –además de añejos– eminentemente políticos, más que sociales.

Y si los hechos criminales y la contabilidad de decesos han repuntado en el presente sexenio; y si a una “balacera” (palabra que hace algunos años incorporamos a nuestras conversaciones cotidianas) ahora se le quiere dar un cariz de insólito, de algo excepcional, como si se tratara de un nuevo estándar de la violencia en nuestro País, yo me estaría más atento, al final del día, sobre quién obtiene la mayor tajada política de todo esto.

Si no me cree, recuerde quién regresó al poder después de la guerra contra el crimen calderonista, aquellos mismos que dábamos por extintos hace casi 20 años y que son al día de hoy los más indignados de todos; para mayores señas, el partido que tiene casi un siglo gobernando Sinaloa y que entregó al narco el control de aquella entidad y, por supuesto, de su capital culichi.

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