ALEJANDRO MEDINA
Aquella gallinita ponía huevitos muy pequeños. Un día la gallina reina del corral puso un huevo enorme, más grande aún que el de una guajolota

Aquellos recién casados no se podían ya tener en pie. Lo diré con franqueza: habían abusado de su matrimonio. Hacían el amor todos los días a mañana tarde y noche, y eso los agotó en tal manera que estaban al borde de la extenuación. Acudieron a la consulta de un doctor. El médico se preocupó tanto al verlos que de inmediato les aconsejó la separación de cuerpos. Si seguían haciendo lo que hacían, les dijo, corrían incluso peligro de morir. A fin de conservar la vida deberían no sólo dormir en camas separadas, sino aun en habitaciones diferentes para evitar toda tentación que los pusiera en riesgo. Así lo hicieron: ella se quedó en la alcoba conyugal, en la segunda planta de la casa, y él habilitó su estudio en el primer piso y lo convirtió en recámara. Durmieron separados, pues, tres o cuatro días. Al quinto el muchacho ya no se pudo contener. Poseído por ardientes ansias amorosas subió por la escalera para ir al aposento donde su mujercita estaba. Grande fue su sorpresa cuando en el descansillo se topó con ella, que bajaba. Le dijo el muchacho respirando con agitación: “¡Amor mío! ¡Iba a morir en tus brazos!”. “¡Qué coincidencia! –exclamó ella al tiempo que se precipitaba en los de su marido–. ¡Yo iba a que me mataras!”… La conversación se hizo elevada. Quienes participaban en la reunión empezar a hablar de temas trascendentes. En eso llegó don Wormilio, el marido de doña Gorgona. Le preguntó uno de los circunstantes: “Y usted, don Wormilio, ¿cree en la existencia de un ser superior?”. “Claro que sí –respondió tímidamente el interrogado–. Estoy casado con su viuda”… “Me sucede algo muy extraño, doctor” –le dijo aquel señor al médico–. Todas las noches sueño que vienen hacia mí tres hermosas mujeres: una morena, otra rubia y pelirroja la tercera. Se me acercan sin ropa alguna y en actitud incitadora. Pero en el sueño las rechazo; las empujo con los brazos en vez de tomarlas en ellos. Ayúdeme, doctor, se lo suplico”. “Se ha equivocado usted de consultorio, amigo –le indicó el facultativo–. Lo que usted necesita es un psiquiatra. Yo soy traumatólogo”. “Precisamente –replicó el sujeto–. Vengo a que me enyese los brazos para que ya no pueda rechazarlas”… Don Cornífero llegó a su casa en hora desusada y sorprendió a su esposa en trance de adulterio con un desconocido. “¡Mujer infame! –le gritó furioso–. ¡Pendona! ¡Vulpeja inverecunda! ¡Mesalina!”. Replicó ella en tono lamentoso: “Cómo eres injusto, Corni. Yo a ti no te dije nada cuando quebraste un vaso el otro día”… Después de haber estado cinco años en una isla desierta la pareja de náufragos fue rescatada. Antes de subir al barco que llegó por ellos la muchacha le advirtió a su compañero: “No se te vaya a olvidar, Leovigildo. Me debes 26 millones 450 mil pesos, ya sabes de qué”… Aquella gallinita ponía huevitos muy pequeños. Un día la gallina reina del corral puso un huevo enorme, más grande aún que el de una guajolota. Se lo mostró a la gallinita y le dijo, jactanciosa: “¿Cómo te quedó el ojo, eh?”. Con otra pregunta le contestó la gallinita: “¿Y a ti cómo te quedó el fondillo?”… La señorita Himenia, madura célibe, contrajo una dolencia que la postró en el lecho. Sus hermanos, solícitos y preocupados, le dijeron: “Te vamos a poner un médico de cabecera”. “¡Ah no! –protestó ella con vehemencia–. ¡Yo lo quiero de toda la cama!”… El joven científico se dirigió a la inteligentísima –y bellísima– mujer: “La felicito por haber donado su cerebro a la ciencia, señorita Floribel. Ahora dígame: ¿qué va a hacer esta noche con el resto de su cuerpo?”… FIN.