Yuja Wang. China. Joven pianista, interpreta el Concierto No. 2 en Sol menor, opus 16, de Prokófiev.

Sus manos sobre el teclado tienen dedos arácnidos que saltan y oprimen –como tentáculos de pulpos enloquecidos– en una danza atlética de saltos, cruzamientos y ondulaciones de serenidad, después del frenesí de la velocidad y agilidad certera.

No hay partitura al frente. La negritud de la orquesta obediente parece sometida al imperio de la silueta de Yuja, anaranjada, frágil y vibrante, dominadora y diestra.

Esta música rusa es un desafío a la genialidad del intérprete. Las notas –en el pentagrama imaginario– son para la pianista como copos de nieve negra, derramados sobre los negros alambres de las cinco líneas estremecidas. Todo está palpitante en su memoria, adiestrada desde los 6 años, en sus escarceos de Pekín.

Ha sido un talento sorprendente de raigambre asiática, pero capaz de llevar al teclado las creaciones musicales de compositores europeos. La han aplaudido en varios continentes.

El público va llegando a un estado de silencio interior que lo hace seguir cada sonido en una aventura extrema de sorpresas sucesivas. La sonora montaña rusa de Prokófiev eleva y desploma, hace virajes y despliega una estampida fonética rauda e inesperada.

Las breves pausas silenciosas son sólo trampolines para saltar de nuevo al vuelo trepidante y señorial, con ritmos y melodías gimnásticas en que un danzante podría desarticular su esqueleto.

Su música de montes Urales y tundras para la carrera desbocada es juventud que muestra su vitalidad deslumbrante y victoriosa. Es un paisaje trazado por estas manos mandarinas de Yuja Wang, prodigio pekinés. Arrancan la nota exacta, pinchando las teclas dormidas. Parecen despertar, blancas y negras, a una pesadilla policromada de exaltación estética.

Cuando se levantan todos a aplaudir en la sala parecen venir de una experiencia indescriptible. Las dos manos se golpean una a otra para producir una ovación. Llega a los oídos de los músicos, del director y la pianista como un abrazo acústico de gozo compartido y felicitación calurosa.

Hay música para la alegría popular o el ambiente de romanticismo. La hay marcial y festiva para impulsar el orgullo patrio. La rítmica invita al baile colectivo. Hay música del mecer y girar, para aclamaciones de júbilo contagiado. La hay evocadora y sentimental, melancólica y tradicional. Y también es un bálsamo la de alabanza y adoración. La de los grandes maestros, presentada por los grandes intérpretes, humanizan y espiritualizan. Para disfrutarla plenamente hace falta captarla desde el silencio interior, dejándose invadir por la belleza de la inspiración y el prodigio de la interpretación... Es el umbral de lo divino...

La vida de una nación es como un concierto prolongado. Cada quien tiene su instrumento y da su nota peculiar. Cada vez que llegan las fiestas patrias somos conscientes de las desafinaciones, de las faltas de ritmo, de las omisiones. El grito, el canto y la ovación celebran las esperanzas y los sueños. Viendo las luces traviesas de la pirotecnia, la multitud recuerda las palabras del himno aludiendo a la patria: “en el cielo, tu eterno destino, por el dedo de Dios se escribió”...