Se trata, es de justicia decirlo también, del acto con mayor esencia federalista que hayamos visto en décadas

En opinión de una decena de gobernadores mexicanos –el de Coahuila incluido– la Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago) “ya no cumple la función con la que fue creada”, además de que “perdió fuerza y todo el potencial que tenía como un órgano de interlocución entre gobernadores”. Por esta razón, ayer hicieron pública su decisión de abandonar dicha instancia.

En palabras del mandatario de Chihuahua, Javier Corral, la Conago ya “ni siquiera funciona como un mecanismo de diálogo”, razón por la cual es necesario construir otros espacios de interlocución.

Y pusieron manos a la obra de inmediato, anunciado la creación de la agencia de promoción “Invest in Mexico” mediante la cual pretenden organizar eventos para la atracción de inversiones, tanto en territorio nacional como en el extranjero.

¿Realmente perdió la Conago “su esencia”? ¿Dejó de “servir” a los propósitos para los que fue concebida? Resulta difícil responder de manera afirmativa a dichas preguntas porque más allá de haberse alzado –en pocos momentos, también hay que decirlo– como un elemento de contrapeso al asfixiante centralismo del País, no hay mucho qué decir sobre ella.

Vale la pena recordar en este sentido que la citada Conferencia surgió más bien –o así fue percibida en aquel momento (2002)– como un mecanismo de los gobernadores de oposición a los presuntos intentos del entonces presidente Vicente Fox por “desmantelar” el viejo régimen luego de concretarse la alternancia en el poder en el año 2000.

De hecho, si se realizara una encuesta y se le solicitara a los ciudadanos de a pie que mencionaran algún logro relevante de la Conago, difícilmente se encontraría algo concreto en las respuestas de las personas.

Por ello, el acto de ayer tiene más de carga política –y en este sentido, sin duda es un acto relevante– que de peso concreto en relación con la posibilidad de que la Conago sobreviva o no a la renuncia de una tercera parte de sus integrantes, incluso si se tiene en cuenta que el peso relativo de las entidades que ahora están fuera de la misma es mucho más importante que el recuento de sus nombres.

La carga política tiene que ver con el establecimiento de un clima de tensión entre dichas entidades y el Gobierno de la República. Más concretamente entre los mandatarios renunciantes y el presidente Andrés Manuel López Obrador.

Se trata, es de justicia decirlo también, del acto con mayor esencia federalista que hayamos visto en décadas, pues es un posicionamiento sumamente raro entre los mandatarios estatales mexicanos: el demandar respeto por parte del Gobierno central y advertir lo inconveniente de plantarse en la posición de “estás conmigo o contra mí”.

¿En qué va a terminar este episodio? En lugar de especular parece más adecuado decir en qué debería terminar: en el establecimiento de un proceso de transición que nos conduzca a la instauración de un régimen auténticamente federal en el que estados y municipios no sean tratados más como menores de edad a los cuales debe tutelarse.

Si eso ocurre, sin duda el gesto de ayer será útil para el País y recordado como un momento relevante de nuestra vida moderna.