La semana pasada me permití dar un breve repaso al marco teórico de la representación política, apreciado leyente. Escribí sobre la evolución histórica del concepto, subrayando que la soberanía popular no descansa en el gobernante y que el soberano es el pueblo; que los gobernantes, conforme a lo dispuesto en la Constitución, solo actúan en su nombre, nunca per se, porque entonces nace la despreciable tiranía. También expresé que a los gobernados se nos reconocieron una serie de derechos fundamentales atendiendo a nuestra dignidad de seres humanos, y derivados de estos una gama de derechos políticos, entre otros el del sufragio universal. A través de este, los nacionales de un país, con la calidad de nuestra investidura ciudadana acudimos periódicamente a las urnas a ejercerlo. En esta determinación tiene un papel -por llamarlo de alguna manera- trascendental la conciencia social y la cultura propia que los pueblos desarrollamos.

La conciencia social podemos definirla como la capacidad de percibir aquellas realidades circundantes que demandan atención y reflexión, verbi gratia, para actuar en su transformación a través de los distintos mecanismos establecidos para ello. Las sociedades están en constante evolución y sin duda que es relevante atender esto con responsabilidad. Y la cultura se refiere a aquellos rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que le dan identidad a un grupo social en un periodo determinado. El término en sentido lato abarca además modos de vida, arte, tecnología, sistemas de valores, derechos fundamentales del ser humano, tradiciones y creencias. A través de la cultura el hombre se manifiesta, cobra conciencia de sí mismo, se cuestiona sus relaciones, explora, busca nuevos significados y crea obras que le trascienden.

La educación y la formación del individuo son instrumentos invaluables para desarrollar esa conciencia social, para estimular la riqueza de una cultura. Cuando se enseña a las personas tanto en casa como en la escuela a ser solidarios, tenemos una sociedad que sí se interesa en los asuntos públicos, porque está consciente de que su participación en ellos es indispensable para que esta funcione a favor suyo, es decir a favor de lo que es bueno para todos. Hoy en día, es uno de los términos que con mayor frecuencia invocan los políticos mexicanos al pronunciar sus discursos, hablan de su importancia y de su necesidad para la profundización de la democracia en nuestro país. Sin embargo, este pensamiento no está generalizado, y se refleja en los altos índices de corrupción e impunidad que privan en nuestro país, y que son tolerados por los propios destinatarios de sus estragos, es decir, de los gobernados. Pareciera que al grueso de los mexicanos nos importan una pura y dos con sal las sinvergüenzadas perpetradas por nuestros dizque representantes políticos. Cuando hay elecciones la participación en las urnas no refleja nuestra responsabilidad ciudadana. No todo el mundo va a votar con conocimiento de los perfiles de los aspirantes, a un número muy reducido le importa saber por quiénes está votando. Y si a esto le suma el acarreo de votantes “cautivos” del sistema de porquería de dádivas institucionalizado, bajo diversos nombres, que pervive, más el apoyo $$$$$$$ de los cómplices del mismo y el deleznable abstencionismo de quienes deciden que las elecciones sirven para nada y para nada “porque todos los políticos son rateros”, pues estamos fritos. Coahuila es un ejemplo palpable de esto. Somos la única entidad federativa del norte del país que jamás ha tenido alternancia en el Poder Ejecutivo estatal, ni mayoría distinta a la tricolor en el Congreso del Estado. Tenemos una deuda pública, sí, tenemos, porque la pagamos los coahuilenses, producto de una administración corrupta hasta el tuétano, de la que no se ha pagado un centavo del capital, y eso sí, millonadas de intereses, sin ninguna sanción para los responsables. ¿Habrá conciencia social? ¿Qué clase de cultura política tenemos?

Es un deber ciudadano comprometerse políticamente. Votar, además de ser un derecho, es una obligación. En política no hay espacios vacíos, la pasividad cobra un precio muy alto, desmadra a la democracia. La pasividad -amén de la complicidad y la ignorancia- ha permitido que llegue gente impresentable y que permanezca en el poder hasta la consumación de los siglos. Familias completas le han podrido y le siguen pudriendo la vida a Coahuila, desde la esfera pública. ¿Es o será usted un ciudadano políticamente activo o políticamente pasivo en las elecciones de mañana domingo 18 de octubre? En sus manos está, en el cumplimiento de su deber ciudadano, la posibilidad de escoger al hombre o a la mujer que mejor lo represente en el Congreso local. No desaire esa oportunidad. Haga valer su voluntad soberana, no renuncie a su representación política directa, la que le da la fuerza de su voto libre, en toda la preciosa extensión de lo que significa el serlo.

Esther Quintana Salinas

Columna: Dómina

Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.