La diferencia entre el ataque de un puma y el ataque de un ser humano es que el puma atacará por defensa o para comer lo necesario, almacenando en lo posible para limitar su impacto. Nosotros los seres humanos, en esta contemporaneidad, cazaremos no sólo para alimentar a nuestra familia, lo haremos para alimentar un mercado hipotético y también por ego y placer, para someter a figuras de gran belleza y simbolismo, pero sin el encanto y las ceremonias que moldearon nuestra prehistoria. Hemos diluido la relación simbólica y la comprensión espiritual del mundo natural.

Serviría retomar los rituales de caza, o bien, asomarnos a grupos nativos que continúan con rituales de agradecimiento, de consideración y de respeto a la fauna. Estos vestigios y las lecturas que damos de ellos, bien podrían construir de otro modo la relación de que tenemos con la fauna, los ecosistemas y nuestro planeta. 

Y decir fauna es citar sólo uno de los elementos de la compleja red de interconexiones en las que cohabitamos con especies de animales, flora y el resto de los reinos en los que con displicencia hemos dividido a las asombrosas formas de vida, hasta colocar al ser humano en la cúspide, con argumentos que cada día más se deshacen como castillos de arena frente al oleaje.

En este contexto las figuras jurídicas de las autoridades ambientales y regulatorias cobran importancia para reorientar, desde las consideraciones científicas y ciudadanas, la maquinaria de crecimiento capitalista que constituye el modelo extractivo, basado en la propiedad privada donde los más fundamentales activos de la naturaleza como el agua, el sol, la tierra o el aire se concesionan a particulares para que lo posean y administren de acuerdo a sus intereses, dejando desamparados a los seres vivos que requieren de estos activos para su supervivencia.

Con la participación ciudadana, consciente y responsable, es posible reorientar este crecimiento y dejar de considerar solamente el precio inmediato, para comenzar a considerar el valor y la importancia de todos los elementos vivos de un ecosistema que permiten el asentamiento de todos los seres vivos, incluidos los grupos humanos en un contexto complejo y diverso en el que debemos subsistir todos.

Sin embargo, la reflexión sobre el impacto de nuestras acciones sólo es posible, a decir del filósofo y politólogo Manuel Arias Maldonado, luego de que existe cierta escala de bienestar, llamémosle vida burguesa. 

Y es bajo este marco histórico que Arias Maldonado ubica el desarrollo del ecologismo político, mirada naciente a partir de la década de los sesentas del siglo veinte. Sí, bajo esta óptica es natural que este punto de vista se desarrolle en sociedades ricas y liberales, con integrantes críticos que ahora pugnan por que se integren las externalidades ambientales en la canasta de costos de nuestra relación con la naturaleza.

El reto central ahora es: ¿cómo lograr en un País con más de la mitad de la población en estado de pobreza, realizar acciones colectivas que sólo la cúpula con necesidades básicas resueltas puede observar? 

Hay un colosal trabajo por delante que incluye no sólo los silogismos entre pares. Lo que toca es participar en la resolución de condiciones socioculturales de nuestro modelo de sociedad y, sobre todo, la construcción de soluciones más allá de grupos minúsculos y endogámicos. Cierto, es más trabajo y es más largo el trayecto, pero es el más fructífero y certero de los caminos.

Mtro. Arturo H. González G.
Director General del Museo del desierto
@museodeldesiert
Si desea colaborar con este proyecto envíenos sus datos de contacto a: opinionciudadana@ccic.org.mx