“Con mil ojos nos observamos los unos a los otros y por miles de canales corren los juicios de valor para cumplir su misión”. La frase, escrita por Amos Oz en su libro “Quizás en otro lugar”, define con mucho la atmósfera en que se desenvuelven los acontecimientos del día a día. Ahí las miradas que cumplirán una función en virtud del juicio de valor que lleven inscritas en sí mismas.

En el seno de la sociedad se forman las diversas tendencias de opinión. Están los líderes que la orientan, para bien o para mal; muchos medios de comunicación que las explotan y las hacen moverse de un lado a otro; y estamos nosotros mismos como los activos o pasivos protagonistas de las historias.

El mismo Oz dictamina: “Cuando alguien da una opinión sobre los demás, en el fondo, sin darse cuenta, se está descubriendo a sí mismo”.

¿Qué sociedad estamos configurando con nuestras opiniones? ¿Cuáles son las opiniones en relación a los temas que nos conforman? ¿Qué hacemos con ellas? ¿Cómo hacen los demás? ¿Cómo, parafraseando a Oz, la sociedad se descubre al emitir sus opiniones?

Las redes sociales vinieron a dar voz de manera democrática. En las redes sociales nos volcamos y presentamos opiniones a la vista de un potencial enorme público como nunca antes.

La responsabilidad de quienes están detrás de ellas es tan alta, como inasibles son las características de sus personalidades. El anonimato es el sello principal de estos tiempos.

Los momentos actuales por los que atraviesa nuestro País nos hablan de una gran polarización. Indispensable apostar por que en esa gran variedad de opiniones se registre un valor primordial para la convivencia: el respeto.

El respeto hace nacer sentimientos de empatía, de solidaridad, de tolerancia y, más allá de esta última, de aceptación. Entender al otro, recordando aquí al escritor Octavio Paz, en una palabra.

¿Qué sociedad configuramos si no entendemos las voces de todos? Con muy amplio margen de votación llegó a la Presidencia de México el actual gobernante Andrés Manuel López Obrador, pero hay otro México que no votó por él. Sin confundir: Que no votó por él aunque tampoco estuviera de acuerdo con las formas anteriores de gobernar.

En la atención a unos y otros debe configurarse el gobierno que ya llegó. En la atención a la discrepancia, al derecho que cada uno tiene de expresar su pensamiento.

Malo sería denostar a causa de ocultos rencores. Denostar, exaltados, a los contrarios, como muchos ahora lo siguen haciendo, levantando a voz en cuello el triunfo.

La transformación de México ha sido galopante. De los años setenta para acá, la sociedad ha experimentado cambios sociales que la han llevado a la modernidad en muchos sentidos, que ha dejado la estampa tradicional para convertirse en modelos de desarrollo. (Modernidad que todos los días muta de significado, por cierto).

Estos cambios han sido importantes en todos los ámbitos y la cara nueva de esa sociedad, la que ahora registra más de 120 millones de habitantes es una que ya no es la misma en temas religiosos; ya no lo es en temas de orden sexual; ya no lo es en temas relacionados con la educación y el acceso a ella; ya no es la misma en torno a temas 
ideológicos.

Considerar que la sociedad ha cambiado, como han cambiado los medios de comunicación electrónicos nacionales que antes los constituían unos cuantos, es comprender también que las relaciones entre nosotros, sus habitantes, también debe sufrir una modificación.

La apertura hacia las voces discordantes en uno y otro sentido es de suma importancia. Lo es en ambientes de respeto y solidaridad. El triunfalismo de quienes insisten en ver como enemigos a quienes no estén de acuerdo con ellos no es buena señal para los tiempos venideros.

Necesitamos unión de esfuerzos. Unión en un país en el cual, aunque las voces sean discordantes, se entienda que es la necesaria para lograr el bienestar de sus habitantes.