Falla el semáforo.

No hay ningún agente de tránsito. El bulevar tiene dos carriles de ida y dos de vuelta.

En el cruce están esperando, en calles de oriente y poniente, sendas hileras de automóviles semiestacionados que, a ratos, avanzan en marcha lenta. Están esperando su turno. Hay un tejido de decisiones en ausencia de los colores de la luz indicadora. En el bulevar, un automóvil delantero va frenando lentamente. Está dando paso a quienes vienen del oriente. Ambos carriles van haciendo un alto que aprovechan también los vehículos que vienen del poniente. Ningún encontronazo caótico. Ninguna actitud gandalla. No hay claxonazos. Es admirable la inteligencia colectiva y la actitud solidaria por la que todos encuentran su ruta de avance.

Sucede en estos días de octubre en esta ciudad saltillense. Dan ganas de soltar el volante un momento y aplaudir. Ha sido un momento ejemplar de sentido social, de tolerancia y paciente avance sin dañar ni recibir impacto. Se advierte que cada conductor usó la mejor versión personal para no crear problema sino siempre ser parte de la solución.

En todos los niveles de la convivencia se nota que hay reservas de civilización, de conciencia, de responsabilidad y respeto que pueden activarse para obtener resultados de bien para todos. Con responsabilidad ciudadana, con projimidad virtuosa, sin brotes de irritación agresiva ni precipitaciones desbocadas es posible la convivencia pacífica que proporciona recíproca seguridad.

Quienes recorremos calles en horas tempranas del fin de semana podemos contemplar el espectáculo admirable de dos o tres vehículos inmóviles en la avenida solitaria. Nadie viene y nadie va. Sólo ellos esperan, frente a una luz roja, sin que tengan ninguna mirada autoritaria ni cámara indiscreta que los vigile. Todos aceleran de nuevo cuando se enciende la luz verde. Alguien podría pensar que los semáforos no son para detener el tránsito sino para ordenarlo. Que, en caso de ausencia de otros automóviles en tránsito, es válida una excepción y oprimir entonces el acelerador en rojo. Logra sin embargo la victoria el hábito que no quiere renunciar al compromiso que le hizo merecer su licencia de manejo.

Estas actitudes han de ser migrantes a los campos de la opinión pública, del ejercicio político, de los servicios empresariales, de la participación en redes sociales y en el campus de los ambientes académicos. Lograr, como en la orquesta sinfónica, la armonía de los acordes en que no hay estridencias. Los sonidos diferentes y contrastantes de los instrumentos hacen posible el encanto de las obras maestras. Un concierto sin batuta sería algo genial. Las abejas con aguijón se muestran amigables y cooperadoras en el arduo trabajo de su prodigioso panal. Si se multiplican los momentos estelares como el del semáforo apagado del bulevar, si se hacen frecuentes y habituales las actitudes de madurez relacional, se consigue lo extraordinario en obras piloto. Son islas que pueden llegar a ser un continente...