Primero fueron los lamentables acontecimientos del Colegio Cervantes en Torreón, la omnipresente epidemia de suicidios y el recrudecimiento de la violencia. Añado a lo anterior el desmantelamiento del Seguro Popular y su confuso y equívoco reemplazo por el Insabi. En medio del ruido mediático y la polémica sobre dichos asuntos, saltó a la palestra Jorge Ramos que, durante la mañanera, recetó al Presidente sus propias cifras en materia de inseguridad: la histórica escalada de homicidios, fruto de una estrategia fracasada, la misma de siempre, aunque ahora presentada en diferente envase. Además, Javier Sicilia y sus seguidores anunciaron y ahora despliegan una nueva caravana por la justicia y la dignidad, dispuestos a no cejar en sus exigencias. El Presidente se niega a recibirlos, para eso están Olga Sánchez Cordero y Alejandro Encinas, así lo dijo.

En el inter arribó a la frontera otra caravana proveniente de Honduras, son migrantes amagados por la violencia en su país de origen, con hambre y sed de justicia, son seres humanos que quieren trabajar para sobrevivir. En Chiapas les cerró el paso la Guardia Nacional, ejército vestido de civil, hostigando a los más humildes y desamparados. Pero no terminan aquí las turbulencias. Una propuesta de reforma de justicia penal pretende conceder mayor poder al Fiscal, sepultar el principio de presunción de inocencia, regresar al arraigo y desaparecer el amparo. Adiós garantías individuales, se trata de recetar cárcel al presunto sospechoso e investigar después. Mexicanísima práctica que termina criminalizando preferente y selectivamente a los más pobres.

A un nivel francamente paródico, se sumó la ocurrencia de rifar el avión presidencial,  comprado por Felipe Calderón y utilizado por Enrique Peña Nieto. El avión anterior databa de la época de Miguel de la Madrid. Por seguridad y dinero, creo que resultaba más barato comprar uno nuevo que organizar una elección por muerte accidental. Ni Fox ni Calderón se atrevieron a comprar un avión para uso en sus gobiernos. Calderón sí lo compró, para su sucesor. Así el comprador no lo usaría y el usuario no tuvo que comprarlo. Aunque en los tiempos de aquel nuevo PRI, el lujo ostentoso era lo de menos. Todos sabían que son rateros, aunque muchos creían que gobernaban bien, tal era el comentario más generalizado.

AMLO se deshizo del avión desde el primer día y lo puso a la venta. Sólo que después de doce meses en Estados Unidos, nadie quiere entrarle al toro. El erario destina millones en renta de hangar, teniendo donde guardarlo sin costo extra.

En una semana, menudearon los goles en la portería del Presidente. Se hizo urgente una distracción mediática. Antaño, Zabludovsky enderezaba las cosas, con una palabra y una o varias omisiones, ya no es así. La censura ya no funciona, verdades, mentiras y rumores circulan abiertamente con un impacto enorme.

Para evadir o minimizar los golpes, se usa en su contra el peso mismo de la noticia. López Obrador es experto en esas maniobras. Coloca en el imaginario social que todo se arregla con 6 millones de cachitos de lotería a 500 pesos el boleto.

Las reacciones no se hicieron esperar: memes, burlas y denuestos de una y otra parte de la sociedad, todos contra todos por un asunto banal. Siempre he sostenido que en México el racismo es escaso o casi inexistente, lo contrario al clasismo, ese sí es de grandes proporciones. En el encono y el bote pronto, pocos razonan y el Presidente fortalece su base social, sepulta las malas notas que no conviene tolerar y enfurece a sus adversarios que, de cualquier forma no lo apoyarán jamás. La magia de la distracción funciona. Trump es un experto en ello, AMLO también.

¿“Divide y vencerás”, o “confunde y   reinarás”?

@chuyramirezr