Se ha desarrollado el complejo de espectadores.
Desde los juegos olímpicos hasta el cascareo de barrio se trata de ver quién gana, los estadios, las canchas, los campos de juego presentan, como espectáculo, los encuentros, los partidos en que unos están contra otros. Unos avanzan y otros obstaculizan para, a su vez, avanzar, venciendo los obstáculos de los contrarios. Siempre hay conteo de aciertos y de fallas.

 El resultado es siempre de ganadores y perdedores. Y el criterio es matemático: se cuentan solo los puntos logrados sin calificar esfuerzo.

El espectador no es neutral. Toma partido. Tiene su jugador o equipo favorito. Y aparece un ingrediente de gran influencia: las apuestas. Se cotiza lo que cobra la victoria o lo que paga la derrota. Esto crea la opción preferencial, la pertenencia, la identificación. 

Unos se sienten blancos otros negros. Y surge la porra, el aplauso y el abucheo y el apasionamiento en que cada uno anhela al triunfo de su propio ganador y la derrota del adversario.

Esta actitud espectadora, inicialmente deportiva, se proyecta a muchos aspectos de la vida. Se dan polarizaciones en la economía, en la literatura, en el arte, en el debate académico, en la polémica familiar y en las relaciones sentimentales y, claro, en la vida política. Se dan tensiones que dan origen a las etiquetas. Unos son los que quieren conservar y otros los que quieren progresar. Se señalan los tradicionalistas y los innovadores. Los tan traídos y llevados conservadores y progresistas.

Lo lúcido y lo sensato es superar la visión de espectador. No trasplantar a lo político la perspectiva de la contienda deportiva en que tiene que haber distinción, oposición y hasta separación, sin imaginar la complementación. Y en que tiene que haber ganadores y perdedores. 

Todo funcionario público, como todo hombre responsable en cualquier área de acción, ha de saber conservar para progresar. Será siempre un error querer cambiarlo todo o evitar todo cambio.

La sagacidad en la vida pública es saber que el conservador ha de ser progresista y progresista el conservador. 

 Distinguir entre lo esencial y lo accidental, entre lo primario y lo secundario, entre lo estático y lo dinámico, entre lo permanente y lo coyuntural, entre lo firme y lo flexible, entre la firmeza del tronco en un árbol y la adaptabilidad de las ramas y las hojas. Ser conservador de raíces, de valores, de lo que es constitutivo y, al mismo tiempo,  progresista en todos los avances necesarios para evitar lo obsoleto y lo anacrónico. Esa es la sabiduría del equilibrio que evita dicotomías y polarizaciones, antagonismos y enemistades descalificadoras.

La conservación viciosa es la que quiera perpetuar lo disfuncional o lo devaluado. El progreso  falsificado es el que pretenda desnaturalizar lo peculiar, lo que da identidad única y produce entonces imitaciones extralógicas. Ni congelación paralizante ni aceleración desbocada.

En la madurez política se requieren conservadores de lo incambiable y progresistas de lo renovable.
 Es sano, en el lenguaje del diálogo, que los progresistas escuchen a los conservadores y los conservadores comprendan a los progresistas. Y que ambos se complementen en lugar de excluírse...