Si criticamos las actuaciones del presidente López Obrador ya sea por lo sucedido en Culiacán, por el abandono de alguna reforma importante o porque está pagando cientos de miles dólares por estacionar un avión que simplemente no se vende, nos convertimos automáticamente en conservadores, calderonistas, fifís. Si por el contrario, defendemos las acciones del Presidente contra la corrupción o nos mostramos escépticos frente a las alarmas apocalípticas de sus detractores, de inmediato somos unos chairos populistas, antidemocráticos y adoradores de un semidios.

Viene a cuento aquella frase de George W. Bush: “O están con nosotros, o están con los terroristas”, sentenció en su comparecencia ante el Congreso de Estados Unidos tras los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.

El dualismo puede definirse como una especie de creencia religiosa o de doctrina filosófica. Encarna el choque entre dos creencias, espacios o posturas excluyentes, únicas y siempre contrapuestas. No dejan espacio para las medias tintas o para una tercera, cuarta o quinta vía. No pueden existir la divergencia y el disenso. Eres bueno o malo, irás al cielo o al infierno, ganamos o perdimos, aprobamos o reprobamos.

El bombardeo informativo y la irrupción del populismo en todo el mundo vinieron a fortalecer a quienes no conocen otra cosa fuera del dualismo, quienes no quieren creer en la posibilidad de terceras vías porque así fueron educados. Cuanto más se les ataca, más reafirman sus certidumbres y convicciones.

Ser de centro u optar por una tercera vía no está de moda. Lo políticamente correcto y popular es aplaudir y ensalzar a quien polariza, mejor aún: ser vocero de la polarización. Me niego y resisto a ser encasillado en ese mundo bipolar que antepone la pasión a la razón y que nos hace renunciar a nuestra inteligencia y libertad en aras de dos polos unánimes, ruidosos y viscerales.

La semana anterior vivimos una confrontación particularmente dualista. La discusión que desató el operativo, aprehensión y posterior liberación de Ovidio Guzmán López, hijo del narcotraficante Joaquín Guzmán, nos dejó ver cómo los dos bandos abandonaron cualquier tipo de razonamiento o reflexión. La crítica a López Obrador automáticamente venía acompañada del aplauso al “valiente” Felipe Calderón y su guerra contra el narcotráfico. Quienes defendían a López Obrador en automático señalaban a Calderón como “genocida”.

Porque soy libre, es mi derecho razonar y expresar mi opinión, puedo decir que el gabinete de seguridad de López Obrador metió la pata, no midió las consecuencias de sus actos, falló la necesaria planeación. Los funcionarios implicados se contradijeron en seis ocasiones. Mientras Durazo decía que se trató de un contrataque a un patrullaje aislado y común, no terminaba de decirlo, cuando las redes mostraban el video de un fuerte operativo con decenas de elementos y equipos de seguridad. Tan grande, que lograron aprehender al delincuente.

Mientras Culiacán ardía y enterado de los hechos, el jefe de Estado y comandante supremo de las fuerzas armadas abordó un vuelo con destino a Oaxaca; ¿para rehuir su responsabilidad? Dada su escasa preparación técnica, quizá fue lo mejor. Lo cierto es que huyó de sus responsabilidades políticas, morales y sobre todo legales y constitucionales. Las autoridades dicen que liberaron al hijo del Chapo para evitar mayor derramamiento de sangre y se entiende. Después de una cadena de errores, lo mejor fue parar la hemorragia. 

Decir esto último acarrea la reprobación generalizada de los detractores presidenciales.

Los mismos que exigían aplicar todo el peso de la ley y someter al adversario, habrían sido los primeros en denunciar crímenes contra la humanidad si la batalla no hubiera cesado y dejado decenas de cadáveres regados. Porque no importa el bien común, sino ganar la discusión, así discurren los dualistas.

Las estupideces del actual gobierno no permiten suponer eficiencia en sus predecesores. Según las cifras de homicidios e impunidad estuvieron en las mismas. Su soberbia y necesidad de legitimarse empujaron a Calderón a una guerra para la que no estábamos preparados y cuyas consecuencias seguimos pagando. En medio de la corrupción peñanietista, tampoco podía ganarse la batalla. 

Negativo contra negativo es igual a más negativo.

Urge defender la razón y ponderar los hechos frente al dualismo de los dos extremos. Ninguno hizo todo mal y, por supuesto, tampoco lo hizo todo bien. Avanzaremos en la medida que discutamos serenamente y definamos los problemas y sucesos con base en los hechos que no pueden acomodarse al gusto de los polos de opinión. Pese a quien pese, los hechos son los hechos.

@chuyramirezr
Jesús Ramírez Rangel
Rebasando por la derecha