El director General de Epidemiología, José Luis Alomía, habla durante la conferencia de prensa diaria este viernes, en Palacio Nacional. (Foto: EFE/José Pazos)
Nuestro país ha decidido 'encuestar' a la pandemia en lugar de 'censarla', probablemente porque eso es mucho más barato. El problema es que, según parece mostrar la estadística, el dinero ahorrado en hacer pruebas se paga con vidas humanas

En la entrega anterior de esta colaboración comenté la “atipicidad” de los números de nuestro país, en relación con la pandemia del coronavirus, y comparé las cifras de otros países para evidenciar la forma “extraña” en la cual se comporta el virus en tierras aztecas.

Varias cosas han pasado desde el sábado anterior. La más importante, sin duda, es el reconocimiento de las autoridades sanitarias respecto de la subestimación de las cifras reales de contagiados, derivada del mecanismo de seguimiento usado en nuestro país: el “modelo centinela”.

El subsecretario Hugo López-Gatell ya explicó en la semana cómo, para tener una idea (aproximada, de todas formas) del número total de personas realmente infectadas en México, es necesario multiplicar por 8.34 (al menos hasta el miércoles pasado) la cifra de casos confirmados.

Usando las propias palabras de López-Gatell, la forma en la cual se “estima” el número de infectados es la usada en cualquier encuesta: se establece una muestra representativa de la comunidad sujeta a estudio, se mide el comportamiento de dicha muestra y, a partir de dicha medición, se infiere el comportamiento de la población completa.

Un par de cosas deben decirse respecto del método de inferencia estadística:

En primer lugar es preciso puntualizar la diferencia entre encuesta y censo. La encuesta “estima” el comportamiento de la población -con un alto grado de precisión, si la muestra esta bien diseñada, es cierto-; el censo nos dice el comportamiento exacto de esa población.

¿Cuál es el método requerido para atender una pandemia: la encuesta o el censo? La respuesta se encuentra, a mi juicio, en el tipo de información ofrecido por una y otro: la encuesta nos da una idea de cuántas personas infectadas existen realmente; el censo las identifica una por una.

¿Cuál es el dato necesario en este caso? ¿Solamente la estimación de los casos para calcular cuántos pacientes podrían llegar a los hospitales, o la identificación puntual de cada caso para atenderle de forma inmediata, además de evitar un mayor número de contagios?

En segundo lugar debe decirse la razón por la cual se escoge una encuesta, en lugar de un censo, para medir y vigilar una variable: la encuesta es mucho más barata y también es mucho más rápida de hacer.

En este caso la decisión pareciera asociada, sobre todo, a un elemento puntual: el costo de las pruebas de laboratorio necesarias para confirmar casos. Y aquí llegamos a un elemento reiteradamente cuestionado de la estrategia mexicana para atender la pandemia: el escaso número de pruebas realizadas.

De acuerdo con el subsecretario López-Gatell, las autoridades sanitarias del país no están “avanzando a ciegas” en el combate al COVID-19 porque el método “centinela” permite inferir el número real de casos mediante la vigilancia realizada en 375 unidades de salud “monitoras de enfermedad respiratoria” distribuidas en todo el territorio nacional.

A través de este mecanismo, no solamente se infiere -de forma bastante precisa, insisto, si el modelo está bien diseñado. Y supongamos eso- el número real de casos, sino también su distribución, pues los datos de cada unidad permiten detectar dónde está creciendo con mayor velocidad el problema.

Esta información permitiría -al menos en teoría- canalizar recursos allí donde la enfermedad presente un comportamiento “anormal”, es decir, donde se registre un crecimiento más rápido en el número de casos confirmados.

La gran pregunta es, ¿el resultado, en términos del número de muertos, se altera o no a partir de la detección y atención temprana de los casos? ¿Hace alguna diferencia la detección temprana -con el consecuente aislamiento de los infectados- en relación con la cifra de contagios en el tiempo y el riesgo asociado de saturación del sistema de salud?

Veamos un ejemplo para comparar: de acuerdo con la página worldometers.info, México ha realizado alrededor de 31 mil 500 pruebas, es decir, unas 244 por millón de habitantes. En contraste, Luxemburgo ha realizado 28 mil 273 pruebas, lo cual equivale a más de 45 mil por millón, pues dicho ducado tiene menos de 650 mil habitantes.

Con el último dato consultado ayer, Luxemburgo reportaba 3 mil 223 casos confirmados, apenas 621 menos de los reportados anoche en México (3 mil 844). Una diferencia notable: en el caso de Luxemburgo solamente se reportaban 54 muertos y en México 233.

Por la proporción de pruebas en uno y otro caso, parece claro cómo en Luxemburgo se ha optado por hacer un censo de las personas contagiadas, es decir, identificarlas puntualmente a todas y cada una, mientras en México se ha optado por la encuesta. Si esta conclusión es cierta, el dinero ahorrado en pruebas se paga en vidas humanas.

La proporción es de 185 a uno en el número de pruebas realizadas; la de muertos es de cuatro a uno… en contra nuestra.

¿Encuesta o censo? La respuesta parece ser: depende de cuántos muertos estemos dispuestos a contar.

¡Feliz (y encerrado) fin de semana!

@sibaja3

carredondo@vanguardia.com.mx

Carlos Arredondo Sibaja

Columna: Portal 

Periodista con más de 30 años de experiencia en medios de comunicación impresos y electrónicos. Ingeniero Industrial y de Sistemas por la Universidad Autónoma de Coahuila y Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México. Además, es máster en Administración y Alta Dirección por la Universidad Iberoamericana y tiene estudios concluidos de maestría en Derechos Humanos en la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC. Se ha desarrollado profesionalmente en el servicio público, la academia y el periodismo. Integrante de la Comisión de Selección del CPC, del Sistema Anticorrupción de Coahuila.