Las restricciones a la movilidad de los individuos están, desde luego, justificadas. Pero no es algo que pueda realizar cualquier país del mundo y ciertamente no es una receta que el Gobierno Mexicano pueda o esté preparado para poner en práctica.

Desde que se declaró la existencia de un nuevo virus -hoy bautizado ya como Covid-19- y se confirmó que éste había desarrollado la capacidad de transmitirse de humano a humano, la Organización Mundial de la Salud (OMS) fue muy clara en advertir que sus esfuerzos estarían orientados fundamentalmente a evitar la propagación del patógeno.

Y también se dijo por qué era importante evitar que el virus pudiera esparcirse por el mundo: no todos los países cuentan con sistemas de salud capaces de actuar de forma adecuada ante una emergencia sanitaria como la que representa el nuevo Coronavirus.

¿Qué quiere decir esto? Que en aquellos países donde el sistema de salud no es lo suficientemente robusto, el arribo de la enfermedad puede provocar estragos mucho más fuertes que los generados donde las autoridades sanitarias cuentan con mayores capacidades.

Está claro a estas alturas que no estamos frente a un patógeno capaz de diezmar a la población de ningún país, pues su tasa de letalidad, aunque no ha sido establecida de manera puntual, se ubica en alrededor del tres por ciento de los casos que desarrollan síntomas.

El problema es que tiene una tasa de letalidad y el número de víctimas es proporcional a la diseminación del virus. En otras palabras, entre menor sea la capacidad de un país para contener la propagación del virus, mayor será el número de víctimas que éste cobre.

Por ello, la llegada del Covid-19 a México, y la confirmación de los primeros cinco casos durante el fin de semana anterior, constituya una prueba para el sistema de salud mexicano, pues el objetivo central de todos los esfuerzos que se realicen, de aquí a que el problema sea sofocado, deben enfocarse en mantener en el mínimo posible el número de contagios.

Las autoridades chinas han sido reiteradamente elogiadas por la OMS debido a la eficacia de las medidas de contención que han desplegado y que, sin duda han derivado en que el número de casos confirmados, aunque parezca alto, sea realmente muy pequeño.

Pero es necesario tener en cuenta que para lograr esto el gobierno del gigante asiático básicamente ha suprimido las libertades de decenas de millones de personas, pues literalmente ha “clausurado” ciudades enteras y ha impuesto muy estrictos controles para la entrada y salida de estas.

Las restricciones a la movilidad de los individuos están, desde luego, justificadas. Pero no es algo que pueda realizar cualquier país del mundo y ciertamente no es una receta que el Gobierno Mexicano pueda o esté preparado para poner en práctica.

La estrategia tendrá que ser otra, pero deberá garantizar lo mismo que la estrategia china: impedir que las personas infectadas y/o enfermas entren en contacto con las personas sanas. Se trata de un reto monumental cuya eficacia se cuenta, por desgracia, en vidas humanas.

Es de esperarse que, como se ha dicho reiteradamente, el sistema mexicano de salud esté a la altura de las circunstancias.