Si hubiera una amenaza extraterrestre, todo el planeta se uniría.

Atropellar un caballo en la carretera puede hacer que el pasaje de un autobús pase, de ser una colectividad somnolienta, a una comunidad solícita en servicios recíprocos.

En los días del temblor, México se convirtió en una bellísima ciudad, destrozada en sus edificios, pero admirable en las actitudes solidarias de sus habitantes. Por todas partes se veían personas que ayudaban generosamente a otras.

Cuando se habla de muro y de pago como si fuera un beneficio y una deuda, se toma una posición de rechazo y de negación a lo que se ve como amenaza y se despierta un apoyo generalizado a la resistencia. 

Echa abajo banderías, partidarismos y distanciamientos habituales. Se despierta un clima de encuentros, de confluencias, de reflexión compartida, con el denominador de defensa del bien común.

Al vencer enojo y miedo, y sustituir lamentación por comunicación y acción concertada, se responde con fortaleza y unanimidad. Encontrar una senda de conversación y diálogo para unir lo distinto en complementación, en lugar de quedarse en la oposición y la separación incomunicada, es civilizar la relación y humanizar la vecindad.

Se pasa de lo visceral a lo racional, de lo temperamental a lo inteligente, del espíritu de venganza a la concertación equilibrada, a la negociación con sendos frutos y ganancias. En delicada situación en que coincide un aprendiz de Gobierno con un aprendiz de relaciones exteriores, cada error puede convertirse en experiencia y cada problema en oportunidad.

No basta la unidad si no se inicia también un proceso de autocrítica constante que descubra lo que ayuda y lo que estorba, frente a la vecindad de una voluntad que intenta suprimir abusos, desórdenes, ilegalidades, despilfarros inútiles, dentro de sus fronteras, sin ser “políticamente correcto”.

Es una coyuntura aprovechable para aprender, para rectificar, para iniciar procesos de humanización y cercenar el cáncer de la corrupción, de las desigualdades, evitando la concentración de satisfactores en minorías de poder inepto que busca lucro y no servicio.

Al conejo se le dispara cuando salta. Toda una nación puede, al fin de un sexenio, preparar el próximo con elección y programa impecables. Así no quedará atropellada, sino que aprovechará la estampida para correr más aprisa hacia un ganar y mejorar juntos sin excluir a nadie…