El Siglo 20 fue escenario de grandes horrores. Guerras, enfermedades, desastres naturales e injusticias estructurales, eliminaron cientos de millones de vidas. En lo que llevamos del 21 las cosas no van nada bien para, al menos, mil millones de personas que carecen de agua potable y dos mil seiscientos millones que no tienen acceso a higiene y saneamiento, la mitad de las hospitalizaciones en el mundo resultan de beber agua contaminada.

Hay muchos males que contar, es cierto, pero también hay mucho bueno que decir. En el Siglo 20, la mortalidad infantil cayó noventa por ciento, la materna, noventa y nueve por ciento y la longevidad en general se incrementó en cien por ciento. Éstos y muchos otros datos se pueden encontrar en un espléndido libro, que nos invita a ver y repensar el mundo, tal cual es, sin apasionamientos que nublan la razón. Me permito proponer la lectura de “Abundancia: El Futuro es Mejor de lo que Piensas”, de Peter H. Diamandis y Steven Kotler.

El 1 de julio, Nicholas Kristof, tituló su columna en el New York Times, “Buenas Noticias, A pesar de lo que hayan escuchado.” Su enfoque es el mismo. Podemos afirmar que la lepra está a punto de desaparecer. De 1985 a la fecha los casos cayeron un noventa y siete por ciento. Se pretende erradicarla por completo para 2020, al menos en infantes. Desde 1990 cien millones de niños han salvado la vida gracias a vacunas, buena nutrición y servicios de salud. “En gran parte de la Historia, más del noventa por ciento de la población mundial vivió en pobreza extrema… Actualmente, cada día, superan ese nivel de vida doscientos cincuenta mil personas. Cada día, trescientos mil tienen, por primera vez, acceso a electricidad y doscientos ochenta y cinco mil a agua potable”.

En México pudiera ser así, pero no lo es. La mitad de los mexicanos viven en pobreza; y aunque la otra mitad ha mejorado, aun enfrenta retos y adversidades importantes. Tras veinticinco años de combate institucional, ha crecido la pobreza. Hay mayor acceso a servicios de salud, agua potable y drenaje. Ha disminuido el hacinamiento y más niños van a la escuela; pero aunque esto parece buena noticia, no cambia la realidad global de México. Hoy tenemos más pobres que en 1992 y los servicios que se brindan son de muy mala calidad. El Gobierno además malgastó miles de millones de pesos.

Tal vez Diamandis y Kotler tienen la clave: No se trata de escasez; sino de falta de acceso. Existen recursos y riqueza suficientes, pero muchos no tienen acceso a ellos.

La Comisión Especial para América Latina y el Caribe (Cepal), dice en  su informe “Panorama Social de América Latina 2016”: que entre 2003 y 2014 la economía mexicana creció 2.6% en promedio y la riqueza creció a niveles de 7.9%. Es de suponerse que, entre otras razones, fue el alza sostenida en los precios del petróleo, la mayor participación del sector privado en la economía y el dinamismo del comercio con América del Norte. Crecimiento y riqueza a la alza, sin pobreza a la baja. ¿Por qué?

Sería irresponsable y simplista atribuirlo a una sola causa, apunto varias: corrupción, impunidad, monopolio político y económico, reformas tardías o estancadas, inseguridad e injusticia, falta de innovación, bajos niveles educativos, falta de acceso a lo mas básico, malos servicios de salud. Destaca y es consecuencia en parte de todo lo anterior, la desigualdad. La mayor parte de la riqueza se concentró en muy pocas manos. El 10% de las empresas concentra el 93% de los activos fijos. El 10% de la familias, concentran dos tercios de los activos y sólo el 1% acapara la tajada mayor. Existe sí, riqueza, pero no hay justicia económica en México.

No debemos caer en la complacencia ni en el flagelo, especialmente ahora que abunda la desinformación. Existen avances, hay mucho bueno que contar; pero mucho malo sigue ahí. Necesitamos claridad y transparencia sin demagogia para hacer un diagnóstico certero, para proyectar lo bueno y corregir lo malo. Lo que mas me preocupa es que al intentar corregir los males, topemos con la miseria humana de los que acaparan el poder y el dinero. La ambición y la avaricia, por encima de la solidaridad.

El Papa Francisco lo dice con gran claridad y contundencia en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium 53. “…No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida.

Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes».”

En un año habremos electo al próximo Presidente, Senadores, Diputados Federales y Locales, Alcaldes, Cabildos y Gobernadores. Estamos en plena cultura del descarte. Si no incluimos a los excluidos, luego no nos quejemos de la espiral negativa que se genera a partir del instinto de sobrevivencia de unos y la avaricia desmedida de otros.

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