Discúlpeme por habérsela hecho fatídica y cardiaca, como séptima entrada de séptimo juego de Serie Mundial, y demorar el desenlace de estas reflexiones pero como le dije, fue por razones de espacio y si seguimos divagando nunca vamos a entrar en materia.

Hablábamos de credibilidad y de la falta de ésta; de cómo cuesta años de tesón y congruencia ganarla y sólo unas cuantas pifias verla destruida o al menos seriamente comprometida.

Recuperarla es todavía más difícil que ganarla por vez primera, porque un mal antecedente vacuna a cualquiera contra toda la buena voluntad que podamos argumentar.

Esa Santísima Trinidad que hoy rige los destinos de la nación, Andrés Manuel López Obrador, Morena y la 4T, entidades distintas y al mismo tiempo, expresiones de un mismo Tata Macuspano, mantiene fuertes sus activos y capital político, no obstante reta a diario nuestra credulidad como poniendo a prueba el amor y la fe que le profesa el “pueblo bueno”.

Ya sea que aparezcan algunos departamentillos en Houston no manifestados en la declaración patrimonial de algún miembro de su gabinete –que más que gabinete parece chifonier victoriano–, o la hasta ahorita nula persecución de los que durante 18 años de campaña Amlito no se cansó de señalar como responsables de la catástrofe nacional, lo cierto es que hasta el chairo más izquierdoso pasa las de Caín para no sufrir una crisis por disonancia cognitiva.

Pero el martes nos remitimos en esta columna a las contrataciones de lujo que se volvieron la comidilla de la semana pasada: Dos subdirecciones del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología ocupadas por un sujeto sin grado universitario y una individua con un título de diseñadora de modas.

Aún así, me parece increíble que los medios noticiosos se den vuelo con estas notas siendo que hay otras en el mismo orden pero de mucha mayor sustancia –a propósito de credibilidad–.

Será que tienen más gancho y potencial viral las notas antes referidas que el decir que un Jesús Torres Charles estaba de regreso en la función pública, con nuevo puestazo con sueldazo y carrazo, esta vez como colaborador de la referida cuarta transformación.

Y es que seguramente fuera de Coahuila se preguntarán: ¿Jesús Torres who? ¿Y ese señor quién es? ¿Qué es un Torres Charles?

Pero los coahuilenses no somos olvidadizos, –nomás nos hacemos güeyes cuando nos conviene– y recordamos a Jesús Torres Charles como procurador de Justicia y hombre de toda la confianza de Humberto Moreira durante su execrable sexenio.

Luego se le dio el título de fiscal General del Estado, en el ánimo de perpetuarlo en una posición clave dentro del aparato de persecución del delito en Coahuila –muy útil cuando lo nombra el mismo gobierno que está perpetrando los delitos más graves–.

Sin embargo, durante el sexenio siguiente, el del otro señor, el hermano de Humberto Moreira, Torres Charles ya estaba en calidad de asesor jurídico, cargo chicho al que tuvo que renunciar una vez que las indagaciones de la autoridad federal y otras del extranjero comenzaron a caer en cascada, todas apuntando a ese mismo muégano de corrupción llamado “El Gobierno de la Gente”, del que él era un miembro prominente –¡“Miembro prominente”! Perdón por esa imagen, fue sin querer–.

Jesús Torres Charles habría sido invitado por el la Administración General de Aduanas del Servicio de Administración Tributaria, SAT, para desempeñarse como Administrador Central de Investigación Aduanera.

No se haga bolas, el exfiscal sería el encargado de la seguridad de bienes, instalaciones y personal de la dependencia, así como de la seguridad y control en los puntos de cruce fronterizos y de las estrategias para prevenir  prácticas ilícitas relacionadas con la entrada y salida de mercancías del territorio nacional porque… Alguien tiene que prevenir el delito, ¿verdad? Y nadie mejor que Torres Charles.

Pero no alcanzó a calentar la silla y se vio obligado a renunciar luego de que al mismo AMLOVE se le cuestionó por tan dudosa contratación. Como ya es su costumbre, nuestro cabecita blanca prometió investigar.

Torres Charles dijo que emprendería una cruzada por despercudir su honorabilidad, la que parece que apenas se percató que estaba en entredicho, no por autoridad alguna –ya que en este País la justicia la imparten fiscales de dudosa reputación… ¡ups!–, aunque sí por la opinión pública y la memoria de los coahuilenses, quienes vivimos los años más horripilantes durante la gestión de su jefe Moreira, con el gentil patrocinio de… ¡Cártel Los Zetas, lo mejor de la delincuencia, ahora en su ciudad!, organización de la que se le señaló como encubridor.

Yo no sé si la 4T se toma la molestia mínima de revisar los antecedentes de sus aspirantes o si, en este caso en particular, decidió fingir demencia o bien, les vale pepino todo lo acaecido en Coahuila en los últimos tres lustros.

Si a Torres Charles le asiste todo el derecho de alegar inocencia y de aspirar a cualquier puesto en tanto no esté inhabilitado para ello, los ciudadanos, que somos en teoría los contratantes de los servidores públicos tenemos el privilegio de interponer reparos si un funcionario o aspirante nos parece de dudosa procedencia.

Y Torres Charles estuvo en un puesto clave dentro del régimen más corrompido y putrefacto del que tengamos memoria. Eso basta para acarrear un desprestigio que, lamento informarle, no lavara ni con un indulto papal.

Nada le impide ser contratado nuevamente, es cierto, nada lo impide, salvo el desprestigio que inevitablemente acarreará a quien decida darle una oportunidad laboral, ya sea como empleado en un call center, o como integrante de esta, a veces inverosímil, Cuarta Transformación.

 

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