Las comunidades humanas suelen cimbrarse fundamentalmente por sucesos que desafían su tolerancia al dolor o la capacidad de imaginación colectiva: desastres naturales, tragedias provocadas por la imprudencia humana o crímenes atroces.

Esto último es lo que ocurrió ayer en Saltillo, cuando la noticia de un multihomicidio registrado en la colonia Latinoamericana se difundió como reguero de pólvora. Cuatro víctimas, todas mayores de 60 años, integrantes de una misma familia y el principal sospechoso, según se difundió, sería un pariente cercano de éstas.

¿En qué tipo de persona debe transmutar un individuo para asesinar a cuatro integrantes de su propia familia que, debido a su avanzada edad, eran personas en extremo indefensas?

Imposible no formularse la pregunta. Imposible no cuestionar si la sociedad en su conjunto está contribuyendo de alguna forma a “engendrar” individuos como el responsable de este hecho.

Al estupor y a la atonía contribuye la circulación de todo tipo de rumores que, ante el vacío informativo de parte de las autoridades, inundan el ambiente y ofrecen todo tipo de hipótesis para intentar explicar hechos que escapan al entendimiento y a la racionalidad.

¿En qué tipo de persona debe transmutar un individuo para asesinar a cuatro integrantes de su propia familia que, debido a su avanzada edad, eran personas en extremo indefensas?"

Tendrán que venir los especialistas, desde luego, a ofrecernos una explicación que nos permita racionalizar de alguna forma la monstruosidad de un acto como éste; una explicación que permita a los vecinos de las víctimas expulsar la zozobra de sus vidas.

Y es que, al menos por lo que se desprende de las primeras investigaciones, no estamos hablando de un episodio como los muchos que el País padeció recientemente, producto de la violencia descontrolada de los grupos de la delincuencia organizada.

Estamos, aparentemente, ante la obra de una mente desequilibrada que extravió los elementos esenciales del ser humano y condujo a un individuo a cegar la vida de cuatro personas a quienes le unía un vínculo sanguíneo. Ante un episodio de extravío de la razón que implica la disolución de todo resorte moral, de todo compromiso con los valores, los principios y los sentimientos que distinguen a nuestra especie del resto de las criaturas animales.

Se trata, todo hace indicar, de uno de esos momentos en los que el instinto primitivo eclipsa la razón y libera la parte más oscura de nuestra naturaleza; esa parte que, deseamos creer, ha sido permanentemente encapsulada.

Cobrar conciencia de que esto último no es así resulta sobrecogedor, y por ello no se puede menos que estremecerse y sentir temor ante la posibilidad de que episodios como el reseñado pudieran multiplicarse.

No se trata entonces sólo de la noticia sobre un multihomicidio que podamos archivar en la casilla de las anécdotas de Saltillo, sino de un hecho que merece un análisis serio y explicaciones puntuales que nos permitan entender, a todos, cómo podemos y debemos reaccionar ante hechos como este.