No se puede avanzar sin crisis.

En el caminar, avanzar significa dar un paso. Eso provoca un estado crítico. De desequilibrio. De inestabilidad. De riesgo. Porque dar un paso significa echar todo el cuerpo hacia adelante. Ya no tiene verticalidad estable. Se prepara la caída, el desplome, el quedar derribado. Parece inminente el peligro de caer. Es el estado crítico. Se pierde la seguridad.

El avance consiste en adelantar el otro pie. Al posarse sobre el piso se obtiene un nuevo punto de apoyo. Se restablece el equilibrio. Cesa la crisis y se recobra el equilibrio perdido. Queda interrumpido el movimiento de desplome. Para seguir avanzando se requiere de nuevo desestabilizar, arriesgarse, exponerse a la fuerza de gravitación. Ahí está de nuevo el estado crítico. Y vendrá el otro pie a adelantarse para lograr seguridad, ya no en la posición anterior sino un poco más adelante.

Es la historia de todo avance. Dejar, atreverse y restablecer. Es la marcha evolutiva que adapta, renueva y estrena. Se da también en los avances sociales, políticos, económicos, culturales y tecnológicos: carbón, leña, petróleo, gas, electricidad. Caminata, bestia, carreta, bicicleta, automóvil, avión. Y hay pasos sucesivos desde tribu salvaje hasta comunidad democrática, libre, justa y próspera.

Lo único que no cambia es el cambio constante. En la historia humana es importante que haya en la imaginación un tipo ideal. Así se irán dando los pasos necesarios y sucesivos para alcanzarlo. Se detectarán así fácilmente los retrocesos, las desviaciones, los estacionamientos y las aceleraciones. Sin perder de vista el fin, se seleccionan los medios más útiles para lograrlo. Se descubren los mayores obstáculos para removerlos con el recurso más eficiente.

Esa actitud hace que el hombre que pica su piedra responda, a quien le pregunte: “¿Qué está haciendo?: “Estamos haciendo una catedral”. Y construir algo nuevo es poner en crisis todo lo viejo, lo obsoleto, lo averiado, lo anacrónico en una descontinuación enérgica y decidida. La forma que se transforma lo hace deformándose. Cuando el avance es rápido surge un malestar en quienes no se deciden a adelantar el pie para buscar el siguiente apoyo.

Educar para manejar crisis es una decisión inteligente. Las nuevas generaciones se encuentran con un tren en marcha y no pueden pensar en usanzas de larga duración. El consabido “úselo y tírelo” acentúa el afán de explorar, de descubrir, de estrenar. Todo va teniendo un matiz de provisionalidad. Lo dinámico arrasa lo estático. Los plazos se acortan y todo va pidiendo pronto repuesto.

Se abren todos los abanicos de las posibilidades en cada encrucijada y, en la libre elección, se diversifican las opciones, las preferencias, las aficiones. En el mismo matrimonio el hombre se va casando con la misma mujer en versiones sucesivas, la fresca muchacha del mundo estudiantil, la joven esposa del creciente amor, la madre del primer hijo, la señora que pudo estudiar una maestría, la mujer madura con experiencia y la bella abuela con quien comparte la recta final de la vida.

En una civilización del avance sólo es deseable que no se pierda el rumbo de una creciente humanización, que no se tome como progreso lo que no es para todos. Que nadie se quede rezagado con apegos paralizadores. La crisis es el estado normal de lo que avanza hacia una plenitud que se abrirá a la trascendencia...