Ya había tenido la experiencia de levantarme por la mañana y ver uno de los vidrios de mi automóvil roto por causa de la diversión de jóvenes “hijos de papi” que hicieron lo mismo con otros automóviles de vecinos sin haber sustraído nada de ninguno de los vehículos. En ese entonces no había la costumbre de poner sistemas de seguridad con cámaras en casas que podrían resultar apetitosas para los ladrones. Así que los acomodados delincuentes con ropa de marca quedaron en el anonimato. Pensé entonces en lo vacío de sus vidas, en el desinterés de sus padres por sus actos y más que nada en su falta de proyecto personal.

Ahora, yendo a una reunión para conversar sobre valores y sustentabilidad, se me antojó detenerme para comprar un café. Mientras adquiría la bebida en uno de los “o por, por o’s” como llaman a una tienda de conveniencia de origen regiomontano en Villahermosa, Tabasco, alguien rompió el vidrio trasero de mi sencillo vehículo para robar un maletín de mi propiedad que contenía una computadora, documentos y chequeras personales. Pasaron sólo cinco minutos entre mi salida y retorno al automóvil para que se produjera el robo.

Aunque caí en la cuenta que lo que realmente me importaría era la pérdida de la información acumulada en la computadora pensé de inmediato en la necesidad de quien sustrajo el maletín. Cuál sería el perfil de ese ladrón que se expuso a que lo vieran personas desde la escuela y desde una iglesia católica localizadas enfrente del establecimiento, y desde una concurrida taquería a unas casas.

Quiero pensar que quien roba computadoras y luego las vende a precios irrisorios es por hambre. Aunque de pronto podría existir una cadena oscura en la que participan ladrones y compradores de lo robado.

Más de un transeúnte que se acercó para saber lo que sucedía mientras yo levantaba una predenuncia con unos policías, me dijo en corto que habría que buscar en las tiendas de empeño cercanas, que es donde van a parar muchos objetos robados. Pensé que eso no sería mala opción, porque entre los archivos que tenía la computadora había información recabada a lo largo de muchos años; textos de libros en ciernes pero casi concluidos (una biografía de “El viejo Paulino”, un cedularlo del Archivo Municipal de Bustamante, un conjunto de relatos sobre mujeres destacadas y una novela histórica), es decir, había mucha información en la computadora robada.
A pesar de todo lo anterior y que utilicé gran parte de ese día para seguir haciendo gestiones bancarias y por la misma denuncia no me puse de mal humor, ni siquiera comenté sobre el hecho a mi familia.

La experiencia del cristalazo me remitió a entender que efectivamente los ciudadanos mexicanos estamos expuestos a sufrir contingencias ligadas a la inseguridad que parece seguir creciendo.

Ante el hurto me siento ofendido porque el acto implicó una ausencia de valores, pero también me siento renovado. Intentaré volver a escribir algunos de los textos, lo que no será fácil, pero ahora escribiré con una mirada nueva y con más tiempo transcurrido en la vida, lo que implicará un mayor conocimiento de mí mismo por lo que quizá resulten más genuinos y profundos. En el camino inmediato iré recordando otras pérdidas comprendiendo que si lo más preciado que es la vida de quienes amamos, si se pierde lo demás no tiene importancia.