Cualquier hecho que revista la forma de desgracia nunca podrá ser suficientemente comentado, mucho menos será considerado un tema totalmente agotado. Hablar del acontecimiento que enlutó a decenas de familias mexicanas –sus causas y consecuencias– es algo que debe ocuparnos, por lo menos hasta el momento en que se deslinden las correspondientes responsabilidades. 

El colapso de una trabe que ocasionó el descarrilamiento y posterior desplome de varios vagones de la línea 12 del metro de la CDMX es el resultado de una serie de yerros e improvisaciones que –ahora sabemos– datan desde finales del 2006, año en que el entonces Jefe de Gobierno del Distrito Federal, hoy enfundado en el papel de Canciller nacional, anunciaba con bombo y platillo su construcción. El pasado 03 de mayo por la noche, las columnas que servían de soporte a las vías no resistieron más y cedieron al peso de los enormes trenes; pero, aunque la fatídica fecha quedó marcada con tinta sangre en el calendario colectivo, la tragedia venía fraguándose atrás tiempo. 

Con motivo de los festejos del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución Mexicana, las autoridades del entonces Distrito Federal proyectaron la realización de una magna obra que significara el emblema de aquella administración capitalina. De esa forma se concibió la línea 12 del metro cuyo propósito original era conectar –a través de una red de casi 25 kilómetros– al suroriente con el poniente de la populosa metrópoli. 

Desde el inicio, los inconvenientes para le realización del proyecto y su respectiva ejecución no se hicieron esperar. Originalmente se había planteado que la línea fuera totalmente subterránea; luego, sin más, se determinó que la mitad de esta fuera elevada, sin contar algunos tramos superficiales. Más tarde, los trazos de las vías fueron variados de forma inexplicable; incluso se ha llegado a especular que tales cambios obedecieron a motivos estrictamente políticos. Por si fuera poco, la elección de los trenes no fue la adecuada de acuerdo el tipo de vías que se había instalado previamente, lo que generó cualquier suerte de suspicacias ya que su adquisición se realizó por adjudicación directa; es decir, sin licitación de por medio (sobre el particular habrá que tomar especial nota). Para acabar con el cuadro, el costo del transporte público de marras registró un sobreprecio sin precedentes, pues no obstante que se anunció una inversión total de 17mil 500 millones de pesos, hubo que pagar más de 26 mil millones solo por la construcción, sin contabilizar el monto de la renta de los trenes, convirtiéndose así en una de las obras que más ha pesado financieramente al gobierno citadino. Finalmente, con una planeación sobre las rodillas y un altísimo costo, la mentada línea fue inaugurada el 30 de octubre de 2012, pero la pesadilla apenas comenzaba. 

Con solo un año y medio en funcionamiento, la también llamada línea dorada suspendió temporalmente sus servicios debido a las fallas detectadas. Luego de sendos peritajes se confirmaron defectos estructurales en las trabes elevadas, rupturas en las fijaciones de los rieles y desgastes inusuales en las vías. En aquel entonces, el director de la empresa Systra México, Slodoban Petrovic, aseguró que la línea 12 operaba con “trenes equivocados, sobre vías equivocadas, con trazos equivocados” (¿así o más claro?). Luego de la supuesta reparación, la línea fue reabierta en forma gradual a finales del 2015, pero aún faltaban los estragos que causaría el terremoto de 2017, lo que trajo como consecuencia que los vecinos denunciaran durante años el evidente mal estado del paso elevado, sin que sus manifestaciones tuvieran efecto alguno. 

Aquí en confianza, la tragedia estaba anunciada. Bastaba una carga adicional o un movimiento atípico de los vagones para que el cruel aroma de la adversidad se mezclara con el aire de una cálida noche en la capital mexicana. El recurrente ardid consistente en culpar a los gobiernos anteriores de todo lo malo que ocurre en este país, no podría aplicarse en el caso concreto (el autogol sería inminente); queda solo la eficaz narrativa de responsabilizar a los medios de comunicación por la autoría de los señalamientos a ciertos miembros distinguidos de la 4T, al tiempo que se acusa la existencia de una “guerra sucia”. Así, mientras que el Presidente López asegura que es de conservadores visitar el lugar del siniestro y solidarizarse con las familias de los muertos y heridos, los padres de Juan José y Brandon deberá conformarse con saber que los errores que provocaron el accidente en el que sus hijos perdieron la vida (uno en un vagón; el otro en un vehículo que pasaba) se produjeron incluso antes de que estos nacieran y han venido repitiéndose ante los ojos indolentes de la autoridad. Ahí se los dejo para la reflexión. 


Iván Garza García
AQUÍ EN CONFIANZA