Foto: Especial
Le pusieron “El Infierno de Dante”, porque eso era, literalmente, un infierno.

Estoy hablando de una historia que hasta entonces, y al menos en Saltillo, no se había contado:

El tiempo en que los de la última letra tomaron el control del penal varonil, entre 2008 y 2012.

Y entonces se instaló en la prisión, como le digo, el infierno, con sus diablos, tormentos y todo.

“La maña”, como le dice la gente, empezó a imponer su ley, cobrando cuotas, extorsionando a los presos y a sus familias.

Los malandros dictaron sus reglas y castigos a tablazos, con una tabla agujereada que parecía una raqueta de cricket.

Convirtieron el salón de la escuela en centro de espectáculos para los prisioneros, con entradas a peleas de box de 50 pesos y caguamas de a 80.    

Además “la maña” se hizo con el control de la sección 4 del área de conyugal y reformó los cuartos instalando clima, pantallas, camas nuevas, en resumen, la convirtió en un hotel de paso dentro de la penitenciaría y puso prostitutas para los urgidos.

Atascaron de droga y alcohol el penal, sin que nadie dijera nada.

Y hasta, me contaron por ahí, que los malandros andaban por toda la cárcel con sus camionetas doble cabina y motocicletas.

Sobre esa época negra del penal se cuentan verdaderas atrocidades, historias de internos que fueron obligados a colgarse, suicidarse, en el área llamada de castigo.

Otros presos caminaron por los patios de la penitenciaría con las nalgas reventadas a tablazos por no haber liquidado algún préstamo, los malandros también se metieron a prestamistas, o no haber pagado el monto de alguna cuota o extorsión.

Y nadie podía decir ni hacer nada, ni directores, ni custodios porque igual eran tableados en público como escarmiento.

Más de dos meses me llevó juntar las piezas del rompecabezas que fue este infierno en el cereso varonil.

Desde luego que nadie me iba a dejar entrar al penal para reportearla, así es que tuve que buscar en las calles los testimonios de ex presidiarios rehabilitados o internos en centros para adictos al alcohol y las drogas.

Cuando ellos relataban los horrores que vivieron en la prisión abrían los ojos grandes, grandes y hasta transpiraban, nomás de recordar la pesadilla.

Era el infierno compa, me decían los hombres que logré entrevistar, claro, sin revelar su identidad.

Un día después de que se publicó el reportaje en el Semanario de VANGUARDIA, no faltó quién me tachara de mentiroso y hasta hubo gente molesta diciendo que la historia abonaba poco a la mejoría de las cosas en el penal.

Yo no escribo para eso, escribo porque me gusta y lo que me gusta, me defendí.

Y esa fue la historia del autogobierno impuesto por “la maña” en la cárcel de Saltillo, una historia que pocos conocían o conocen.