Corre el muchacho hacia su madre. Acaba de escucharla decir que necesita el CURP de la abuela para poderla inscribir en la calendarización de la vacuna contra el COVID-19. La madre comenta por teléfono que hay un problema con la fecha de nacimiento: su mamá había nacido en tal fecha, pero fue registrada con una distinta.

Al oír esto, el joven, de 15 años, le hace señas para explicarle que él recién fue instruido por su maestra para obtener el CURP de Internet. Su madre asiente y cuelga. Le pide información y también, entonces, que sea él el encargado de buscar la Clave Única de Registro de la Población de su abuela.

El joven trae consigo la computadora. De inmediato, obtiene el dato y se lo muestra a una madre que entre una cosa y otra se le pasó el par de minutos que aquel ocupó. “También puedo inscribir a abuelita”. “A ver, inténtalo. Escuché a mucha gente que era difícil hacer el registro”.

Se llevó poco menos de 15 minutos, en buscar y conseguir la CURP e inscribir a la abuela. Ahora sólo esperan que el gobierno haga su parte de manera expedita y efectiva.

Así como él, fueron muchos los jóvenes que se abocaron a hacer el registro para la vacuna contra el COVID-19 de sus padres y abuelos. Esto lo comentaba con una madre de familia y amiga, que se sorprendía de la velocidad con que los muchachos entraron a hacer estos trámites. “Por un lado, me demuestra su enorme solidaridad y generosidad. Su deseo de hacer efectivos sus conocimientos y el dominio de las herramientas tecnológicas que sus padres o descubren apenas o se familiarizan poco a poco debido a las exigencias en el mercado laboral”.

“Este proceso del confinamiento fue muy duro para ellos. De pronto, se quedaron sin la posibilidad de frecuentar a sus amigos, de interactuar con sus compañeros, de realizar las convivencias sociales no solo a las que están acostumbrados, sino que además les son necesarias en cualquier etapa de su vida de estudiantes”.

Le sorprendió cómo vinieron primero a comprometerse a participar en el confinamiento. Cómo se adaptaron a las tecnologías a través de las cuales la escuela debió iniciar el proceso de educación a distancia, sin antes tener idea, en la mayoría de los casos en nuestro país, de ambas partes: instituciones y alumnos.

Un día, me dice, necesité emplear la plataforma de Zoom, pues no funcionaba la que usualmente estaba trabajando. “Pido ayuda a mi hijo y me fue guiando paso por paso. Terminé la actividad y le expresé mi agradecimiento. Acostumbrada a la otra plataforma, hasta ese momento no necesitaba Zoom. ‘Gracias por tu apoyo’, le manifesté. ‘¿Tú estás trabajando con Zoom en la escuela?’. Mi hijo contestó: ‘No, me fui solo paso por paso’. Había, entonces, entrado junto conmigo en la urgencia del momento y sin declararse nervioso un instante de inmediato me colocó frente a la posibilidad de trabajar en esa plataforma, solucionando un problema que a mí se me antojaba la mar de complicado”, me confió.

Son así los jóvenes que se aplican en este momento. Que se están insertando en el mundo de los adultos empleando sus capacidades, y agregando una que no es tan fácil encontrar muchas veces en una etapa de la vida en la que las cosas parecen girar alrededor de sí mismos. Esa virtud es pensar en los demás. Y es lo que encomiaba la madre de referencia.

Decía John Steinbeck en una de sus novelas de un personaje que había empezado a madurar en el momento en que se dio cuenta de que las cosas no funcionaban en exclusiva alrededor de su persona. Esa madurez de la que hablaba el escritor norteamericano es la que se ha logrado apreciar en muchos jóvenes de este momento crucial para el país y el mundo.