El problema no reside en sentir que alguien ha dejado de ser el indicado, sino en aquello que hacemos al respecto

Para cuando usted lea estos renglones, mi queridísimo lector, yo estaré exactamente en alguna calle o algún café de mi nuevo hogar, compartiéndome con usted; anhelando siempre la forma en que me brinda y obsequia su par de ojos. Sin embargo, en este preciso momento que le redacto estas líneas, me encuentro en un vuelo de once horas y media rumbo a mi inminente destino de las cuales han transcurrido tan sólo dos. Rodeada de un montón de pasajeros, personas que coincidieron conmigo o con quienes yo coincidí definitivamente por causalidad (sí, primero la “u” y luego la “s”, no al revés), me parece fascinante cómo todos, quizás con distintas metas y deseos, nos dirigimos al mismo punto de llegada y partida, emprendiendo ese “algo más” que cargamos en la maleta de nuestros sueños. Pero antes de haber “coincidido” en el aquí y en el ahora, todos nosotros tuvimos que despedirnos de algo, de alguien.

Pareciera que somos sólo personas comunes y corrientes, cuando en realidad somos el conjunto de todos los seres que amamos. Estando aquí, tan cerca del espacio exterior, rozando las nubes, besando al Sol, comprendo que sí, sí es difícil desprenderse de lo seguro, del amor, del tiempo y los años compartidos; pero irse, querido lector, tomar la decisión de irse es, tal vez, la mejor para uno mismo. Póngase cómodo, usted que me siente y me palpa; usted que, en este momento, hace de la distancia tan sólo una palabra, pues, como de costumbre, me he robado por un rato su maravillosa atención. Irse, irse lejos. ¿Cuándo sabe uno en realidad que terminar un ciclo y comenzar otro es realmente lo mejor? Nunca. Es imposible querer saber lo anterior, puesto que eso no se sabe, se siente. Somos tan buenos amantes de la costumbre que pensamos que abrirnos a lo que el mundo nos tiene resguardado o abrirnos a los brazos de alguien más es la infidelidad más grande de todas al recuerdo, a lo vivido, a sí mismo y a los momentos que pasamos y pasaron de por medio.

Y es precisamente eso lo que no terminamos de entender: lo pasado, ya pasó. ¿Quién dijo, o bien, quién se creyó la idea de que irse significa forzosamente evadirse, tener que temerle al porvenir, deshacerse “fácilmente” de lo que la vida nos hizo disfrutar mientras duró? Por supuesto que no, señores. Mi madre siempre ha dicho que, si existe algo sabio en el planeta, es el instinto y lo que el organismo nos dice con respecto a lo que vivimos del diario, y mi madre (como la mayoría de las madres del mundo) muy pocas veces se equivoca. Todos, antes de realizar alguna acción o decisión, sentimos las consecuencias en nuestro cuerpo, en todas las partes y rincones de nuestro ser. Uno sabe perfectamente cuando alguien va a hacerle daño, cuando el plan que llevamos en mente es peligroso, cuando el camino tomado fue, sin duda, el mejor de todos.

El problema no reside en sentir que algo o alguien no es o ha dejado de ser el indicado, sino en aquello que tendemos a hacer al respecto: dejarlo pasar y lanzarnos a los brazos de un vacío al que nos rehusamos a encontrarle un fondo donde, tarde o temprano, pereceremos. Un vacío que, aunque con nada se llena, se convierte en la carga más pesada de todas. “Para volver, primero hay que irse”, dice la famosa frase, y tiene todo el fundamento de la verdad. Hay que conocer, hay que saber, hay que sentir, hay que vivir para estar seguros de querer volver a aquello de lo que de momento nos fuimos; aunque debo decir que, cuando uno se va y sonríe al respecto, es seguro que emprendió un viaje sin retorno hacia el mejor de los paraísos: la felicidad. Que quede claro, querido lector, que nadie se va sin motivo aparente, pues de donde uno siempre ha sido amado (contemplando al amor como aquello que no duele) o donde uno amó la vida, le aseguro: uno nunca se va.