El profundo desprecio que el titular del Ejecutivo en turno siente por quienes no piensan como él, ni le aplauden, ni le genuflexionan, ni le rinden pleitesía, ni me asombra, ni me extraña. Hay una irracionalidad manifiesta es sus dichos y en sus hechos, pero lo más preocupante es que le importa un bledo exhibirla. Tan seguro se siente, de que trae amarrados en las presillas a quienes le dieron su voto en el 2018, que su actuar cada día se asemeja más al de cualquiera de los dictadores que han envilecido en el pasado y en el presente el mandato del que se hicieron a través de un golpe de estado o de manera democrática, como es el caso doméstico. Desde su llegada al poder ha ido dinamitando cuanto le constituya obstáculo para el ejercicio del poder absolutista, por el que tienen delirium tremens. Su mayoría en el Poder Legislativo, que de poder nomás tienen el nombre, trabaja para él, no para los mexicanos, igual que en los años de “gloria” del PRI. Hoy él y su partido son la “nueva casta gubernamental” encargada de empinar el presente y sobre todo el futuro de sus representados. ¿Soberanía popular? ¿Democracia?... A punta de reformas a modo las han ido volviendo más entecas de lo que ya eran… y lo que falta.

Le lleva décadas a la izquierda arribar al poder. Históricamente en el mundo les ha sido más difícil y esto obedece en alguna medida a problemas de acción colectiva, debido a los sectores de la población menos educados y más vulnerables que generalmente la conforman. La izquierda mexicana no ha sido la excepción, hay una cantidad de movimientos interiores que dificultan su cohesión. No obstante, lo irónico es que a pesar de eso y sin duda por el elemento aglutinador que representa un líder con el perfil de López Obrador, Morena llegó al poder. López supo conquistar el poder por su personalidad populista y sin duda por el hartazgo de la población hacia los tres partidos tradicionales. Por otro lado, en los partidos con genética populista la ideología no juega un papel importante, es “ligerita” y bien flexible, o no suma la cantidad de membresía que requiere para “hacerse” partido. De ahí su “pluralidad” política y sus múltiples contradicciones intestinas. Padecen también un personalismo excesivo, razón por la que los liderazgos tienden a perpetuarse y de ahí la antipatía a los contrapesos internos. Cuando en un partido político –del color que sea– hay un liderazgo que acapara la toma de decisiones y se enquista y/o permite el enquistamiento en los cargos, prevaleciendo sobre la mayoría de los militantes, entonces se vive una oligarquización. Y por esto se paga un precio muy alto: el desdén de quienes un día creyeron y votaron por lo que les representaba una marca partidista. Es muy común que los partidos políticos –de cualquier color– se proclamen internamente como democráticos, aunque no pasen “la prueba del añejo”. Apariencia democrática y realidad oligárquica. La oligarquización en un partido político es dañina, es su talón de Aquiles, es el caldo ad hoc para generar fricciones y rupturas entre quienes los integran. Es ácido sulfúrico para la democracia.

Tantos años que le tomó a López Obrador llegar, la lógica diría que eso debería ser el acicate para hacer un gobierno de excepción, uno que, como él lo bandereó en campaña, transformara a México. Pero no hay tal, es el mismo asistencialismo, el deleznable reparto de migajas a los más pobres para que nunca dejen de serlo y mantener el cordón umbilical ad perpetuam; el acaparamiento de las instituciones, es decir, el centralismo enfermizo que mata de ineficiencia e ineficacia cuanto toca. Ya empinó a la educación pagando el favor a los lideretes sindicales que lo llevaron a la victoria electoral, se está cargando a la economía con su tozudez alimentada en odios enfermizos –cuando le conviene– al sector empresarial y comiéndose vivas a la micro, pequeña y mediana empresa que representan el 69 por ciento de quienes generan empleo en nuestro País, el rechazo a las energías limpias para seguir oxigenando a un muerto.

El manejo errado de la pandemia, a cargo de un personero que dice lo que él quiere, no lo que debiera. Y así está su gabinete, ni se ve, ni se oye. Si en México nos las vemos negras en el mañana que ya está encima, que no le impute López Obrador la responsabilidad al neoliberalismo, ni a la pandemia, ni a los conservadores, ni a los fifís, ni a sus antecesores, si no a la única razón por la que los países han caído y que está consignado en la Historia: los malos gobiernos... ah, y la actitud pasiva por ignorancia, por complicidad o por indiferencia de los gobernados. A López Obrador no le gusta leer, pero debiera hacerlo aunque sea un instante para que se entere de que cuando la recesión se instala en un país de manera estructural, con sus océanos de desempleo masivo y el tejido productivo hecho pedazos, ya no habrá traje de emperador que cubra sus miserias…

Hago votos porque la clase media, la que más desdeña y con la que se está ensañando Andrés Manuel López Obrador, despierte de su letargo y salga a votar informada y en conciencia, tanto en los comicios locales de este año como en los federales del 2021.

Esther Quintana Salinas

Columna: Dómina

Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.