La ciencia todavía se debate por establecer las diferencias entre un sope y una memela, por lo que no debería extrañarnos en absoluto que no exista consenso sobre una variedad de virus que no sólo es nueva en el espectro de los padecimientos humanos, sino que además se comporta de manera sospechosamente anómala.

Como ya dijimos antes, no hay una sintomatología inequívoca para el COVID-19 (de hecho, la mayoría de los casos positivos no presentan sintomatología alguna) y sobre las formas de transmisión, lo único que sabemos es que los contagiados se lo pegan a los que están sanos (“¡Hasta aquí mi reporte, Joaquín, seguiremos informando!”).

Y siendo tan escueto lo que sabemos sobre el coronabicho, es mucho más ambiguo lo que sabemos sobre su prevención:

Por su puesto y como la obviedad más grande, tenemos que la mejor manera de mantenernos sanos (de cualquier otro agente patógeno) es con el distanciamiento.

Pero aquí se abre todo un abanico de variantes sobre lo que la gente considera distanciamiento, pues los hay quienes sólo restringen sus interacciones con otros individuos y los que de plano se niegan a reunirse por Zoom o cualquier otra plataforma de videoconferencia porque le temen hasta a los virus informáticos.

Especialmente polémico ha resultado sin embargo el uso del cubrebocas, cuyo debate sigue abierto y más vivo que nunca.

La ciencia, contrario a lo que imaginamos, no es un congreso de señores en bata que determina qué es y qué no es lo que debe inscribirse en los libros del conocimiento. No, se trata más bien de un grupo ecléctico de personas de todas las índoles, que rara vez se ponen de acuerdo en algo y el cubrebocas es un claro ejemplo de esto.

Cada quien, de acuerdo con sus conocimientos, estudios y experimentación, llega a sus propias conclusiones. Lo que pasa es que considerar todas las variables es algo tan difícil que por eso luego cada uno llega a resultados que no parecen tener relación entre sí. 

“Pues a mí me salió que los más propensos a enfermar son los varones, obesos, hipertensos, en un rango de 57 a 82 años”.

“Mira, qué chistoso: A mí me salió que son las mujeres, piscis, con ascendente en sagitario”.

De acuerdo con la postura de algunos, el COVID-19 no está definitivamente acechándonos en el aire, por lo que andar por la vida encapuchados sería no sólo inútil, sino un tanto ridículo.

Atención, devotos de la mascarilla, no se me alebresten, ni se me lancen. Sólo estoy diciendo que esta es una de las posturas del debate y hay científicos que la avalan.

El mismo doctor Gatell advirtió que la efectividad de su uso se limita sólo a la interacción con pacientes, en espacios cerrados y por un breve periodo y, en consecuencia, el doctor jamás porta este accesorio y en cambio guarda prudente distancia. Y ahora que si va a mentar madres contra el doc y la 4T, admita al menos que es su frustración política colándose en un debate que de momento no la reclama (¡Calma, shhh… Sólo estamos hablando del cubrebocas! Ya tendrá mejor ocasión de plañir contra AMLO).

Otros estudios, sin embargo, arrojan resultados en un sentido totalmente opuesto: Señalan que el ‘viru’ anda por allí flotando en el aire, esperándonos y en el momento en que nos ve salir de casa… ¡Ámonos! Se nos lanza para picarnos, o contagiarnos, o whatever. Pero “¡Ohhhh! ¡No contabas con mi cubrebocas! ¡Vade retro, bicho infeliz!¨. Y así, el SARS Co-V-2 (con acondicionador) decepcionado y triste, se aleja y muere. FIN.

Si quiere lo dejamos en debate abierto. Pero no puedo obviar la dudosa efectividad de cubrebocas, mascarillas y otros adminículos faciales en la contención de un agente infeccioso de 125 nanómetros (un nanómetro es la mil millonésima parte de un metro, por lo que el COVID entraría por los tejidos de cualquier trapo ordinario como Moisés caminando entre el Mar Muerto partido en dos). Aun así, vamos a suponer sin conceder que es de cierta efectividad y que no es necesario todo un ritual de protocolos en su colocación; ignoremos que el simple hecho de tocarlo lo anularía, que la mayoría de los materiales de que están hechos no son de ninguna manera recomendables y un largo etcétera que me ahorro por espacio.

Lo peligroso del uso del cubrebocas es esa falsa sensación de seguridad que proporciona a su portador, misma que rápidamente se convierte en una ilusión de inmunidad, lo que al poco tiempos se asume como un salvoconducto para ir y venir a placer, hacer y deshacer a voluntad, andar por todas partes, interactuar con cualquier cantidad de personas, tocar todo lo que se le pone a su paso y así diseminar a diestra y siniestra cualquier enfermedad, llámese coronavirus o fiebre del sábado por la noche.

En síntesis, lo que estoy diciendo es que el cubrebocas nos estaría acarreando más problemas de los que evita, porque: 1.- La mayoría son meramente cosméticos. 2.- Nadie está capacitado en su uso y manipulación. 3.-Alienta a la gente a ir a todas lados sin ninguna restricción, por la falsa sensación de protección y de control de la situación.

Sin embargo, para lo que sí encuentro altamente efectivas las mascarillas y cubrebocas, es para que sus portadores se arroguen una superioridad moral. Esa sí, creo que está científicamente comprobada.

Ahora, si usted insiste en utilizarla como medida primordial, aquí están los pasos a seguir para su correcta utilización: 1.- Lavarse con agua y jabón las manos antes de colocarla. 2.-Cubrir boca y nariz sin dejar espacios entre la cara y la mascarilla. 3.- Cambiarla tan pronto esté húmeda, mínimo cada dos horas (no se ría). Jamás reutilizarla. 4.- Quitársela desde atrás, jamás tocar la mascarilla. 5.- Desecharla inmediatamente en contenedor cerrado y repetir lavado de manos.

¿Usted conoce a alguien que los siga? ¿Los piensa acatar de ahora en adelante? ¡Qué flojera! Mejor seguimos aliviados en la autocomplacencia de este placebo de la salud y la conciencia.