Una de las falacias más férreamente defendidas por nuestros gobiernos es la noción de que el crimen organizado es una versión para adultos del cuento del Lobo Feroz y los Tres Cerditos, concretamente, la escena en la que el Canis Lupus asedia las precarias viviendas de sus presas.

De acuerdo con quienes nos gobiernan, nuestro bastión puede ceder en cualquier momento y dejarnos expuestos, a merced del depredador.

Por supuesto, en esta narrativa oficial, ellos -los gobiernos- constituyen toda la diferencia que media entre nuestro resguardo y nuestra total perdición.

Basta el menor descuido de su parte para que terminemos totalmente infestados de delincuencia. Pero como no pegan un ojo manteniendo a raya al lobo, estamos en deuda impagable y eterna con el régimen, a la que podríamos retribuir un poco dejándole gobernar sin hacerle impertinentes cuestionamientos de orden civil.

Y de cara a algún proceso electoral, votar por cualquier alternativa de la oposición no sólo es de ingratos y malagradecidos, sino que también significaría nuestra más absoluta perdición, porque obviamente sólo ellos saben cómo contener este asalto permanente a nuestra pequeña trémula burbuja de paz y bienestar.

Esto nos lo dice desde el Presidente de la República, hasta el jefe de manzana, pasando por alcaldes y gobernadores.

El mismo Presidente de los EEUU (no me refiero a una persona en particular, sino a la figura a través de las décadas) no se cansa de repetirle a sus buenos, blancos y muy cristianos ciudadanos que viven en una tierra bendecida que se ve constantemente amenazada por fuerzas enemigas que bien pueden ser los migrantes centro y sudamericanos, el islam, el comunismo, etcétera.

En nuestro caso concreto (Coahuila) y de acuerdo con la versión oficiosa y oficial, hemos corrido con la enorme fortuna de ser gobernados por una sucesión interminable de visionarios estadistas, cada uno más capaz que el anterior.

Según lo que se nos viene diciendo desde hace unos sexenios a la fecha, el crimen no ceja en su empeño de “querer meterse” a nuestra Entidad, en reiteradas intentonas que son repelidas a punta de pistola.

Pero al parecer todo queda en tentativas porque, que yo recuerde, ningún gobernante ha admitido tener un problema, mucho menos reconocer que dicho problema le supera o que fue propiciado por su propio régimen.

No, señor. Coahuila está blindado por su permanente vigilancia y debemos sentirnos afortunados de estar bajo su tutela.

Pero entonces, ¿de qué manera podemos explicarnos hechos como los acontecidos el fin de semana en Villa Unión, muy cerca del poblado de Allende donde ocurrió la mayor masacre de esta comarca, por cierto?

¿Cómo se acomodan estos acontecimientos dentro del discurso oficial? ¿Cómo hacerlos congruentes con la historia de éxito que -ellos insisten- están protagonizando?

Por supuesto, con la consabida monserga del “es que quieren regresar”, “quieren meterse al Estado”, “no lo vamos a permitir”.

Pero en mi lógica, un comando fuertemente armado, que ataca el centro gubernamental de una población (no sé si para dar un mensaje o como una forma de rencilla o represalia) no es, en lo absoluto, el crimen organizado “tratándose de meter”.

Muy por el contrario, se trata del crimen con ambos pies bien plantados en el territorio comunicándonos algo o ejecutando una acción predeterminada.

Para explicarme mejor (y pido disculpas si le parece que trivializo estos acontecimientos): Si usted ve a un intruso en su cocina preparándose a sus anchas algo de comer, difícilmente podemos decir que se trata de alguien “queriéndosele meter”. Es en cambio alguien que no sólo conoce los accesos, las entradas y las salidas rápidas, sino que ya tiene sabrá Dios cuánto tiempo violando la santidad de su hogar.

Eso de que venga el policía luego a decirle que pese a todo usted y los suyos están seguros, es pura patraña para encubrir su total incapacidad.

El descaro es superlativo si consideramos que la misma región, la de los Cinco Manantiales, aun trata de explicarse lo acontecido en 2011.

Pero Coahuila siempre ha tenido tan poco peso en la agenda nacional (y esto es atribuible a nuestra baja densidad poblacional y por consiguiente poca importancia electoral) que, pese a que el asalto a Villa Unión superó en víctimas y duración a los hechos de octubre en Culiacán, muy poco en comparación se dice del evento más reciente.

Al unísono, Gobierno Federal y Estatal han decidido soterrar el asunto, el primero argumentando que se trata de un “hecho aislado” y la autoridad local insistiendo en que la respuesta implementada conjuró al crimen organizado de la Entidad.

Pero este mutuo respaldo no significa una versión más sólida de los hechos, simplemente quiere decir que ambas administraciones se encuentran en buenos términos políticos. De lo contrario, ya estarían propinándose sendos golpes bajos a la vez de excusarse en sus deberes y responsabilidades.

Hoy felizmente no es culpa de ninguna autoridad, solo es un acto fortuito, “un hecho aislado”, al que se le dio la debida respuesta.

¡Qué escenario más dichoso! El Lobo es solo una mera eventualidad (no un fenómeno nutrido a través de décadas de corrupción) y, como siempre, ha sido ahuyentado, desterrado de nuestra aldea feliz. ¡Suertudos que somos!

Lo siento, pero las interpretaciones pueriles de la realidad -especialmente cuando ésta se torna sangrienta- siempre me provocan indigestión.

Y la única paz que de momento se percibe es la que prevalece entre el gobierno Estatal y Federal, una paz con sabor a cómplice desentendimiento.

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