El gobierno de México ha asumido su triunfo en las urnas como un cheque en blanco para erosionar o desmantelar buena parte de lo construido por sus predecesores, sin importar el valor objetivo de los proyectos en cuestión. El presidente López Obrador parece mirar con la misma sospecha reformas estructurales, obras de infraestructura, dependencias gubernamentales, órganos autónomos y sistemas de apoyo a comunidades en riesgo.

Esa desconfianza se ha extendido al andamiaje de la difusión turística del país en el extranjero y, mucho más importante todavía, a programas para protección de los mexicanos en el exterior. La víctima más reciente de la reestructura es el “Programa Paisano”.

Desde hace treinta años, el programa ayuda año con año con información indispensable a cientos de miles de personas. Desde Los Ángeles, Chicago y Houston, las tres representaciones del programa cubren casi cuarenta entidades de Estados Unidos. Las oficinas ayudan en una larga lista de trámites y atienden decenas de miles de dudas y preocupaciones de la comunidad mexicana en Estados Unidos, que generalmente desconoce sus derechos y prerrogativas en ambos países. El programa también ayuda a la comunidad mexicana a aprender a navegar la compleja vida del migrante en Estados Unidos en asuntos diversos, desde la posibilidad de encontrarse en problemas migratorios (incluida la amenaza creciente de la deportación), la realización de transferencias monetarias o la repatriación de restos para quienes han perdido a un ser querido.

Hace un par de semanas, el Instituto Nacional de Migración (INM) removió de sus cargos a los representantes en Estados Unidos y congeló el programa de asistencia, al que piensa reestructurar próximamente. Así, sin mayores detalles. Nadie les explicó a los encargados las razones de su salida, más allá del trámite estrictamente necesario para retirarlos.

En el tiempo que dure la supuesta reestructura, la comunidad mexicana perderá certeza en el proceso de visita o retorno a México. Sin la información necesaria que proveían las representaciones mediante personal especializado, es previsible el incremento de la zozobra del que es, de por sí, un proceso complicado, y en el caso del retorno, doloroso. La gente que viaja a México sin conocer sus derechos y obligaciones será extorsionada más fácilmente. El cierre temporal y, peor todavía, la curva de aprendizaje respecto al desarrollo e implementación de nuevas normas traerá como daño colateral una mayor percepción de orfandad, ya de por sí presente en muchos de los mexicanos en Estados Unidos.

¿Cómo explicar lo que ha ocurrido con el “Programa Paisano”? Es posible que se trate de una medida de austeridad. Después de todo, el Instituto Nacional de Migración y otras entidades encargadas de la dinámica migratoria como la COMAR sufrieron reducciones radicales de presupuesto.

La otra posibilidad es que el gobierno tenga, en efecto, un proyecto alternativo para sustituir el exitoso “Programa Paisano”. 

“Tenemos una necesidad de hacer una nueva red y estrategia en todos nuestros vínculos en el exterior y dentro de México”, me dijo el viernes pasado Tonatiuh Guillén, Comisionado del INM. Guillén, un hombre serio, tiene todo el derecho de reformar todos los “vínculos” que decida, pero no a costa de la tranquilidad de millones de mexicanos en el extranjero, ni siquiera a corto plazo. Se ha dicho hasta el cansancio: la comunidad mexicana en Estados Unidos no admite improvisaciones ni politiquerías.

El “Programa Paisano”, con el aprendizaje acumulado desde hace tres décadas, cumplía una función indispensable. Como ha hecho con otros programas igualmente exitosos y dignos de preservación. Demoler con buenas razones para construir algo mejor es una cosa. 

Hacerlo solo para detonar la dinamita sin tener claros los planes de lo que sigue es otra muy distinta. En esto, como en otras cosas, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador le queda a deber a millones de mexicanos que viven en Estados Unidos. De nuevo: eso no es lo que prometió a sus paisanos.


@LeonKrauzeLeón 
Krauze
EPICENTRO