Es bien sabido que en la ciudad de Tehuacán, Puebla, hay manantiales de aguas cristalinas que desde hace mucho tiempo se han vendido embotelladas con el nombre de su lugar de origen. La gente pide: “Deme un tehuacán”. En cierta ocasión un diario del DF publicó la noticia de que esa ciudad había sido tomada por fuerzas revolucionarias, mientras que en el norte los rebeldes se habían visto obligados a salir de Aguaprieta, Sonora. El titular de esa noticia decía así: “Revolucionarios tomaron Tehuacán y evacuaron Aguaprieta”.                                                                              

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El general Álvaro Obregón se libró de un atentado en el curso del cual una bomba fue arrojada contra el automóvil en que paseaba por el Bosque de Chapultepec. Días después el sonorense comentaba el asunto en forma festiva:

-No podré darme el lujo de salvarme de otro atentado. He gastado más de 4 mil pesos en responder todos los telegramas de felicitación que he recibido por haberme salvado de éste.

No tuvo que hacer un nuevo gasto el general Obregón. El siguiente atentado que sufrió, consumado por José León Toral en el restaurante La Bombilla, le costó la vida. ¡Qué buena suerte tuvo Obregón! ¡Lo que se ahorró de telegramas!

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Cuando don Eulalio Gutiérrez, coahuilense, fue nombrado Presidente de la República por la Convención de Aguascalientes, el general Francisco Villa quiso hacerle un regalo, para lo cual se dirigió a la joyería La Esmeralda, la mejor que había entonces en la ciudad de México, y compró ahí un valioso reloj de bolsillo en cuya tapa ordenó grabar las iniciales U. G. Alguien le preguntó a Villa a quién correspondían esas iniciales. Respondió el Centauro:

-¡Pos a quién ha de ser! ¡A don Ulalio Gutiérrez!

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Una vez el general Álvaro Obregón, cuyo ingenio era muy grande, asistió a un banquete. A su lado estaba una señora que quiso poner en apuros al general, quien se había casado dos veces.

-¿Cuántos hijos tiene usted, general? -le preguntó.

-Siete -respondió Obregón.

Volvió a preguntar, con veneno, la señora:

-¿Y todos son de su actual esposa?

-No, -contestó con sequedad el general-. Tres son de mi esposa actual; cuatro de la primera.

Se hizo un silencio, y luego Obregón le preguntó a la dama:

-Y usted, señora, ¿cuántos hijos tiene?

-Tres -respondió la mujer.

Y volvió a preguntar Obregón:

-¿Y todos son de su esposo?