Tiempos prepandemia. Ahora estoy en Mérida de Yucatán. Llego al hotel, y un botones me conduce a mi habitación. En el elevador me hace la pregunta que el 100 por ciento de los botones hacen:

-¿Y de dónde nos visita el señor?

(Viajaba tanto antes del coronavirus que cuando llegaba a mi casa me hacían esa misma pregunta: “¿Y de dónde nos visita el señor?”).

-Vengo de Saltillo –respondo.

Siempre que digo eso procuro que en mis palabras no haya tono de jactancia. Después de todo ningún mérito hice para nacer aquí. Eso fue cosa de la Divina Providencia, que derrama sus mayores dones sobre quienes los merecemos menos.

-¿Y qué tal el calor?

He notado que en toda la República la gente piensa que en Saltillo hace mucho calor. Quizá la cercanía con Monterrey influye en tal idea. Nadie parece saber que entre las dos ciudades, separadas sólo por 70 kilómetros, hay una diferencia de altura de un kilómetro.

-En mi ciudad jamás hace calor –suelo responder con la actitud pugnaz de quien rechaza un vil infundio–. La temperatura promedio de Saltillo es la misma que se registra en el Paraíso Terrenal.

-Ya entiendo –me dice este botones igual que me lo dicen los demás. Todos toman el dato como rigurosamente científico.

Llegamos a la habitación, y el muchacho hace lo mismo que hacen todos los botones: mostrarme antes que nada que el televisor funciona bien. Al parecer eso es lo que demandan la mayoría de los huéspedes. A mí me interesa que funcione bien la lámpara del buró, la que me da luz para leer o para disputar titánicas partidas de ajedrez con mi computadora.

Cumplido el rito del televisor me dice el botones:

-Si algo más se le ofrece pregunte por mí en la recepción. No se le va a olvidar mi nombre. Me llamo Venustiano Carranza.

-Creo haber oído antes ese nombre –digo yo procurando poner expresión seria.

-Es el de un señor que parece que anduvo en la Revolución –me informa Venustiano–. Mi abuelo por parte de padre fue soldado de su ejército. Como también él se apellidaba Carranza hizo que mi papá me bautizara con el nombre de su jefe. Me llamo Venustiano, entonces, pero todos me dicen Tano.

-Gracias, Tano –le digo al tiempo que le entrego la propina.

Estoy en Mérida, lo dije. Venustiano Carranza no se parece nada a Venustiano Carranza. Venustiano Carranza, el de Cuatrociénegas, tenía cabeza proporcionada. La de este Venustiano Carranza es cabeza de tamaño megalítico, como las olmecas. A consecuencia del nacimiento de Tano su señora madre –dicho sea con el mayor respeto– debe haber perdido por completo su capacidad apretativa.

No sé si el papá de Tano se haya consolado de esa sensible pérdida con el hecho de tener un hijo de tan ilustre nombre. Lo más probable es que no: una cosa no sustituye a la otra.

Sea por Dios.

En este mundo no hay felicidad completa.