Con trazos de clamor en la espalda desnuda.
Con costuras simuladas sobre los labios cerrados. 

Con pancartas levantadas como gritos graficados. Presentes en multitud, en esas manifestaciones contemporáneas en que no sólo se marcha y se pancartea, sino también se presenta plásticamente lo insoportable. Se escenifica la protesta con una dramatización instantánea en plena vía pública.

Son ellas en un día en que no buscan homenaje ni celebración sino anuncio de su categoría y denuncia de los atropellos a su dignidad humana. 

Llaman la atención del mundo sobre la violencia patriarcal, machista y criminal contra su condición de compañía y de servicio a la vida, que las ha convertido en víctimas. 

Desde las mutilaciones genitales hasta la crueldad de los asesinatos, la mujer, en el tercer milenio, está dislocada y excluida, menospreciada y lesionada en la peor versión de las pseudo culturas contemporáneas, de selva y de pavimento, en que se da el canibalismo con tenedor.

“No me dejan estudiar”. “Me pagan menos por el mismo trabajo”. “Me ven como un instrumento de placer”. “La lujuria parece haber devorado al amor”. “No pueden aceptar nuestros aciertos de lógica y las destrezas técnicas que producen resultados impecables”... Son expresiones que se captan en la vida familiar, en las calles, en las instituciones, en los medios de difusión.

Han pasado las mujeres de compañeras a víctimas, Creadas para el encuentro, para el diálogo, para la reciprocidad de afectos propiciados con ternura, delicadeza y comprensión. Para una conyugalidad fiel en que se da la intimidad que une las almas a través de los cuerpos. No encuentran eso que se llama respeto: dejar ser, no invadir espacios. Se carece de la confianza mutua. Prostitución y pornografía han privilegiado lo impulsivo y lo instintivo, la búsqueda egoísta de placer sin servicio a la vida ni amor comprometido. Se devalúa así la relación de pareja hasta una frivolidad abaratada y deformada.

Se da un analfabetismo emocional incapaz de captar los mensajes y los detalles de una auténtica feminidad. La acentuación de afinidades ha debilitado la complementación. Si la virilidad no es plena la feminidad tiende también a deteriorarse. Surgen las identidades confusas que invierten roles y no dejan a cada cónyuge descubrir su peculiaridad en la convivencia esponsal.

El clamor de las mujeres de todos los días, no de uno solo, hace ver que hay un damnificado en estas estructuras de codiciosa dominación: el gran damnificado es el amor humano. Las guerras y las avaricias, los hedonismos y un temporalismo que se cierra a toda trascendencia han causado que la compañera grite ahora desde su condición de víctima.

El acompañamiento salvador es el de una mujer que camine en la vida amando y siendo amada por quienes, junto con ella, buscan alcanzar bienes definitivos en una plenitud eterna...