La vida pública está llena de encrucijadas, pero una importa más que cualquier otra: o se está con la transparencia, la ley y las instituciones o se está en su contra. Quien las respeta es un demócrata, quien pretende ignorarlas o trabaja para subvertirlas tiene pulsiones autoritarias. No se trata de un dilema cualquiera. Está en juego la libertad.

Dicho lo anterior: nada mejor que una crisis para exponer las verdaderas intenciones de quien ocupa el poder. Aunque la coyuntura se presta para ejemplos más cercanos, pensemos en Estados Unidos. En noviembre de 1963, un año después del asesinato de John F. Kennedy en Dallas, el gobierno estadounidense estableció la llamada “Comisión Warren”, encargada de investigar el magnicidio. Encabezada por Earl Warren, magistrado en jefe de la Suprema Corte, la comisión incluyó a un senador y un congresista de cada partido, asegurando así su carácter incluyente e independiente. La comisión trabajó durante un año. Al final, presentó un reporte detallado de lo que, a su juicio y después de meses de investigación, era la conclusión del asesinato de Kennedy. El análisis no consiguió acabar con las teorías de la conspiración, pero al menos iluminó, a detalle y con plena transparencia, el crimen. No solo eso: ayudó a que los servicios de seguridad presidencial ajustaran sus protocolos. El reporte final está disponible en línea.

Algo parecido ocurrió después de los ataques del once de septiembre, hace casi dos décadas. La comisión que analizó el 9-11 comenzó a trabajar un año después de los ataques, por iniciativa de George W. Bush y el aval del Congreso federal. Fue, como la Warren, una comisión bipartidista e independiente, que incluyó voces prestigiadas con una sola intención llegar al fondo de los peores ataques terroristas de la historia estadounidense y, de manera crucial, encontrar la manera de evitar una conflagración similar a futuro. La comisión entrevistó al propio Bush y a Dick Cheney, su vicepresidente. También al expresidente Clinton y funcionarios de su gobierno. El esfuerzo fue (mayormente) público y transparente. La comisión publicó su reporte final en 2004 (vale la pena leerlo completo: tiene una notable calidad literaria).

En ambos casos, la lección es clara. Ante la crisis, la prioridad es la transparencia, el apego a la ley y la defensa de las instituciones para garantizar la supervivencia de la democracia y, a final de cuentas, del país. Todo esto, sin importar consecuencias políticas. Hay, pues, valores más importantes que el poder.

El 6 de enero, Estados Unidos vivió un momento parecido al asesinato de Kennedy o los ataques del once de septiembre. La invasión al Capitolio fue muy grave y pudo ser peor. Entre la turba que ingresó al recinto legislativo se encontraban personas dispuestas a hacer daño a legisladores e incluso al exvicepresidente Mike Pence. Nada de esto es una especulación. Los hechos y los testimonios son claros. Pero la información no es suficiente. Por eso, cuando han pasado casi seis meses de aquello, el partido demócrata en el Congreso ha tratado de impulsar la formación de una nueva comisión independiente y bipartidista que llegara, como las dos anteriores, a algo cercano a la verdad histórica. Hacerlo era tan necesario como en 1963 y 2002: así de grave fue el 6 de enero.

A diferencia de lo que ocurrió en aquellas dos crisis, el partido republicano ha respondido traicionando la historia de su país y alineándose no con la transparencia, la ley y la defensa de las instituciones sino con el poder. Más específicamente: el poder encarnado en el líder del partido, Donald Trump. A finales de la semana pasada, una mayoría de senadores republicanos -incluido el líder de la bancada, Mitch McConnell- votó en contra del establecimiento de la comisión. ¿Por qué? La razón es simple. Los republicanos temen que una comisión independiente revele la responsabilidad directa de Trump y de su círculo cercano. De nuevo, como lo hicieron varias veces durante el gobierno de Trump, prefieren proteger al líder de su partido. Es un repudio inédito de la búsqueda de la verdad y el respeto a la ley y confirma la tormenta que tarde o temprano nublará el horizonte en Estados Unidos: el partido republicano ha abandonado sus principios para dedicarse a la adoración de un solo hombre. Es un partido capturado por la calumnia. Quizá no ahora, pero pronto… Estados Unidos vivirá horas oscuras.