Se vislumbra una nueva tendencia. Van surgiendo grupos de personas conscientes de que la humanidad cava su propia tumba, de que el superconsumismo se alimenta de una mercadotecnia que controla las conductas a través de los cerebros más influyentes, imponiendo a las masas –adormecidas por la vida cotidiana– un hiperconsumo irracional, depredador; y esto no es nuevo: nos acercamos a un siglo y medio de un capitalismo salvaje que ha alcanzado la mundialización. 

Subrayo, no hay nada nuevo en el párrafo anterior.

Sin embargo, aunque con lentitud, van aumentando los grupos que se rebelan contra el consumo que los empuja a comprar y comprar, sin que se justifique y sin razonar que se ha arrastrado a nuestro hermoso planeta a un nivel insoportable de superproducción, consumo y basura, esos grupos descubren que acumular, poseer y consumir no los hace más felices. Insisto, esta no es una actitud nueva ante la abundancia material, el confort y el bienestar, hace ya cientos de años los ermitaños y monjes –tibetanos, budistas y cristianos– optaron por renunciar a los bienes materiales y vivir en la pobreza, pero eso es otra cosa. 

Hoy es evidente, ante los grandes problemas de la humanidad, que no hay insensibilidad generalizada o indolencia, crecen los grupos que buscan soluciones para limpiar los océanos y la tierra del plástico, así como el agua; detener la contaminación en todos los ámbitos, atender el cambio climático, promover energías limpias, entre otros casos urgentes que cuidar.

No hay planeta B; aunque el optimismo de las investigaciones espaciales ofrece la vida en marte, ese es un sueño imposible aún, y a pesar de que las élites económicas y políticas mundiales se afanen en ocultarlo, tenemos enfrente el agotamiento de los recursos naturales.

Por otro lado, la búsqueda de la felicidad es casi frenética, proliferan los libros y documentales sobre cómo ser feliz con menos y crece el interés de la conciencia colectiva en la indagación sobre el consumo responsable, sustentable y orientado a su reducción, y surgen preguntas sobre esta elemental e incipiente búsqueda de cambio en nuestros patrones de consumo frente a las teorías del merecimiento: “es caro, pero lo merezco, lo valgo, por qué no”.

Parece que la voracidad material aún sobrepasa con creces a esa capacidad de disfrute de la abundancia de salud física y espiritual, de paz personal y familiar. Esta abundancia parece absurda, poco se cultiva. Científicos sociales, como Jason Hickel, sostienen que prospera el consenso en grupos que creen que una vez alcanzado cierto nivel material éste no aumenta de manera relevante la felicidad.

Los promotores más agudos e importantes del consumo minimalista están en Estados Unidos, impulsan la vida con sentido, teniendo menos: “ama a las personas, usa las cosas” –no a la inversa–, exclaman y promueven. Vivir reduciendo compras, lo cual ayuda al planeta y al alma, es su filosofía. 

Hay gente que experimenta consigo misma y ha pasado hasta un año sin comprar sino únicamente lo necesario, y así aprender a frenar el impulso constante de obtener cosas nuevas. Muchos maridos mexicanos ricos desearían que sus esposas accedieran a entrar en experimentos de este tipo y vaciaran sus closets de vestidos, bolsas y zapatos que no usan. 

Contener el hiperconsumo es algo que muchas personas –no sabemos cuántas– se van proponiendo, una vida minimalista, vivir menos con la influencia de la mercadotecnia y más con la satisfacción de sí mismas y la felicidad. No es poco. 

En México, donde más del 50 por ciento de la población vive en pobreza, se practica el minimalismo por obligación, así como una clase media que mengua constantemente, de manera que éstas prácticas se juzgan esotéricas, pero conviene saber de su existencia.

Rosa Esther Beltrán Enríquez
Horizonte ciudadano