Espera un hombre en la esquina. Espera que llegue un autobús.

Esta mujer, de avanzado embarazo, está esperando el nacimiento de su hijo.

Aquel campesino, que ya sembró, vive ilusionado en espera de la cosecha próxima. Y este hombre, con tantas deudas, ha comprado un billete de lotería y espera pegarle al premio mayor.

Se espera, en la vida diaria, que llegue la buena estación con clima mejor. Que el hijo reciba el título después de tantos afanes universitarios. El que metió la solicitud no deja de esperar que lo llamen para entrevista. Muchos esperan en largas filas poder entrar al restaurante o poder llegar a la ventanilla en que recibirán medicamento... Eso de esperar parece el tiempo del “todavía” y dura hasta que llega el “ya”. “Y tú, ¿qué compraste con tantas oportunidades que hubo?”, “No, yo compré por internet, pero todavía estoy esperando que llegue el paquete. Viene desde China”.

En la espiritualidad cristiana se habla de la virtud de la esperanza. Es virtud teologal, al lado de la fe y de la caridad. No se parece mucho a esas otras esperas antes enumeradas. Porque la esperanza no se orienta a nada terreno ni temporal. Se apoya en promesas divinas y espera su cumplimiento. Se espera una plenitud de vida gloriosa en la inmarchitable alegría de un perfecto amor. En la actitud cultual de la liturgia se vive este tiempo de Adviento. Es tiempo de espera. Es una espera especial porque ¿puede esperarse algo que ya pasó?

Ya pasó hace tiempo eso del nacimiento del Salvador. Pero en el ámbito de la fe no ha pasado. Está siempre presente. Se espera un futuro recuerdo que no es sólo conmemoración sino actualización. Delante del misterio de la encarnación y del nacimiento del Hijo de Dios que viene a ser, también, Hijo del hombre porque va unir, a su naturaleza divina, la humana. El acontecimiento se vuelve un misterio intemporal. Es de ayer, de hoy y de siempre. Y se contempla y se vive aquí y ahora con poderosos efectos. Crecen y se profundizan la fe, la esperanza y el amor.

Se contempla la venida del Salvador al tiempo y a la historia, y a la vida recién nacida. La comunidad de creyentes va a su encuentro. Se vuelve a aceptar esa salvación. Se le reconoce como señor, maestro, salvador y amigo. Se da un renacimiento personal, conyugal, familiar y comunitario frente a ese nacimiento que irradia gracia y bendición hacia quien tiene fe.

Es la importancia del tiempo de Adviento. En él se vive una elevada espera virtuosa que se llama esperanza por su relación con Quien promete y da los bienes supremos, definitivos y eternos. En la sencillez de lo pequeño, de lo cercano, de lo inmediato se comprende, se siente y se vive esa “buena voluntad” que lleva a la verdadera paz.

Si se vive el Espíritu del Adviento, todo internamente queda dispuesto para no vivir la Navidad como algo solamente folklórico, gastronómico y lúdico. Se pone entonces la mirada en Alguien que, teniéndolo todo, viene a hacerse Hijo del hombre, siendo hijo de Dios... Ahora es posible prepararse para esa Navidad al revés en que se nace y se transita de lo humano a lo divino...