¿Qué comen, de que se alimentan los científicos que han modificado el eje de la tierra con sus teorías salidas de sus privilegiadas mentes?

¿Qué comen los genios para llegar a ser genios, inventores, científicos, mentes preclaras? Somos lo que comemos. Lo hemos repasado varias veces en esta columna salpimentada. Y cuando bramaba las justa olímpica donde todo es cuerpos sudorosos y adrenalina al máximo, vistamos someramente las viandas y alimentos de los atletas de elite. Nos dimos cuenta entonces que el tiburón de la piscina, Michael Pelphs, se devoraba como colación, una hamburguesa, papas y refresco, por su ingesta calórica necesaria.  

No pocas veces nos hemos detenido morosos, en lo que se han yantado con singular alegría, escritores (Miguel de Cervantes), poetas (Pablo Neruda), músicos (W. A. Mozart), con los cuales hemos repasado sus vidas, su manera peculiar de alimentarse y hasta donde nos ha sido posible, documentar la influencia de dichos alimentos en su arte. Y su arte en su vida es lo esencial. Es lo mismo. En la vida de todo ser humano, los alimentos, amén de otras pequeñas cosas, es lo esencial para vivir. De aquí la pregunta con la cual encabecé el texto, ¿qué comen los genios para llegar a ser genios?

Por estos días de Dios, en que el calor ha disminuido notablemente y hay un refrigerio en el ambiente (no llegó del todo lo que conocemos los saltillenses de cepa, como la madre del aguerrido reportero, Sergio Alvizo, él mismo y quien esto escribe, el llamado “cordonazo de san Francisco.”) y las mañanas ya preñadas de un incipiente otoño, me he entregado a la lectura de una colección de vidas de científicos y el repaso de sus teorías que han moldeado a la humanidad. Advierto que no quiero hacer la competencia a mi compañero de plana, el académico Marcos Durán, en desplumar tan peliaguda trama –infinita, en honor a la verdad–, pero me hacía (me hace) falta en mi famosa ignorancia enciclopédica.

La colección de libros bien diseñados y mejor escritos, son obra de la National Geographic, su aparición es semanal y están escritos por catedráticos ibéricos. Por estos días en que usted hace favor de leerme, he repasado al menos los primeros cinco tomos, las biografías tejidas y anudadas con las respectivas teorías científicas de sus creadores. De aquí entonces que las anoté en varias claves: un plumón para sus teorías y descubrimientos, otro color para su vida misma (Amores, tristezas, pesares, amarguras) sobre la tierra, otro plumón con la veta gastronómica… que hoy nos detiene y lo presento en este díptico.

¿Qué comen, de que se alimentan los científicos que han modificado el eje de la tierra con sus teorías salidas de sus privilegiadas mentes? Apasionante sin duda y gozosos los descubrimientos (al menos para mí) que aquí le voy a deletrear. Es decir, pensamos que dichos hombres son perfectos; suele abordarse su vida con un respeto reverencial, casi como si fuese una… hagiografía. Es decir, una vida de santos. Pero, eran y son humanos. Varios de ellos, suicidas. Otros, tan locuaces como cualquiera. Unos más, dudando entre la genialidad y la locura. Otros más, creyentes. Hombres de fe. Cosa que suele dejarse de lado por los amantes de las ciencias y de las explicaciones pulcramente lógicas y científicas. Lo abordaremos en otro espacio. Vamos por la gastronomía… y la chuleta que suele devorarse Stephen Hawking.