En otras latitudes lo ignoro, pero en Saltillo, los automovilistas comparten una cierta particularidad: Que cada quien se siente un conductor ejemplar, porque “claro, si son los demás, los que son unos malditos cafres asesinos” o (en su defecto) “unos perfectos pelmazos indignos de rodar por la cinta asfáltica”.

Creo yo que esto deriva de nuestra rancia y ancestral vocación católica: Ya ve usted que cada quién sigue los preceptos de la Santa Madre Iglesia según su criterio y conveniencia.

“O sea, si la vecina lo hace es pecado y condenación; pero si lo hago yo, es porque existe una buena razón para ello y sólo Dios y yo la conocemos”.

Y así cada quien vive el cristianismo de acuerdo con lo que le dicta su entender pero sobre todo, como ya dijimos, su propio beneficio (¡cof!).  No obstante, cada quien asegura ser un buen miembro del rebaño, obediente hijo del Señor y celoso observante de las Leyes de Dios y con eso se adjudica la autoridad para emitir los más severos juicios contra los demás.

Así con la manejada, también. Cada uno asegura ser modelo de civilidad tras el volante, paradigma de la urbanidad y la cortesía y tan precavido que podría ser piloto del Trasbordador Espacial.

Sin embargo los católicos que yo conozco se acuerdan únicamente de su fe durante las festividades del calendario litúrgico, pero del sacrificio, la abstinencia y la compasión para con el prójimo, nunca.Y los saltillenses sobre ruedas son, pese al inmaculado concepto de sí mismos, la versión Juan Orol de “Rápido y Furioso”, capaces de negarle el paso a una ancianita en el estacionamiento del centro comercial porque “¡Pinche vieja! ¿Pa qué se mete?”. (Pero ni se conduela, eh, que la mugre ancianita haría exactamente lo mismo de estar ella al volante).

Los saltillenses opusieron férrea resistencia al programa de fotomultas implementado por la anterior administración. Y ni siquiera parece que les haya dolido en el bolsillo, ya que nadie pagó una sola boleta pues, entre los muchos defectos con los que el programa nació, había resquicios legales para que se amparase el que quisiera.

No, la molestia radicaba en el atentado contra su sacrosanto derecho a meterle la pata al grifo de los octanos, el bendito privilegio de hundirle la chancla al acelerador.

Porque los límites de velocidad, claro ahí están perfectamente señalizados, pero son apenas una mera sugerencia, ¿no?: “Yo le voy a dar a 120. Pero yo puedo porque soy precavido, vivo aquí cerquita y vengo tranquilo… hic”.

Aun así, con todo y lo muy poco que apuesto por nuestra precaria cultura vial, no estoy del todo seguro de que la mega carambola automovilística del martes por la noche, que involucró a una decena de vehículos (o no… menos… como a cinco), haya sido enteramente por nuestra deficiencias como automovilistas.

Según yo, un percance en condiciones atmosféricas “normales” o mejor dicho, no extremas, difícilmente alcanzaría estas proporciones (se habla de hasta 43 vehículos). En mi lógica, cada segundo posterior al primer impacto debería dar mayor tiempo de reacción a los conductores de los vehículos subsecuentes. Pero cuando hablamos de una pista de hielo…

La autoridad municipal sin embargo insiste en que el percance múltiple fue consecuencia de la velocidad y no así de un asfalto congelado, sobre el que tendrían una responsabilidad directa, ya fuese para evitar la formación de capas de hielo con cristales de cloruro de sodio (sal, para que nos entendamos) o de plano cerrando los puentes, cosa que hasta en el Primer Mundo se hace cuando hay riesgo de que el hielo los convierta en rampas mortales.

Pero de acuerdo con el Capitán Hugo Gutiérrez, Director de Seguridad Pública Municipal, la causa detonante fue la velocidad, y ya el hielo apareció hasta después (¡Ah! ¡Qué bendita casualidad!).

¿No será que el frío chamaqueó feamente al nuevo jefe policiaco y por supuesto, al alcalde Manolito Jiménez, quien prefiere pagar porque le estén practicando el onanismo en las redes sociales, antes que hacer lo que le corresponde en los días que ponen a prueba nuestra infraestructura urbana?

Pero por supuesto, ya después de la colisión masiva (esas fotos las van a ver nuestros bisnietos dentro de cien años con una mezcla de azoro e hilaridad), ordenaron regar sal en los puentes y creo que hasta polvo Lucas les echaron para que no se dijera que ellos no tomaban precauciones.

Y cerraron los pasos a desnivel, pero como todos se lo hicieron saber en las mismas redes sociales: el niño ya estaba ahogado y ya nomás les estaban jugando al ensarapado.

Las declaraciones del Capitán Gutiérrez eran un obvio intento por eximirse y encubrir la primera falla grave de esta administración. Si acaso me equivoco, habrá más de un centenar de testigos que puedan decirnos si había o no hielo en el asfalto al momento de esta megacarambola que pasará, por fortuna, a nuestro anecdotario de lo jocoso. Pero la siguiente vez podríamos no tener tanta suerte y anotarnos una tragedia verdadera.

Manolín, otra vez: ¿Quieres buenos comentarios y muchos “likes”? ¡Gánatelos con trabajo y planeación, no pagando por la lisonja periodística o cibernética!

Y usted amigo lector, maneje con cuidado, hoy y el resto del año que ya bastante mala fama nos cargamos.

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