El 16 de julio del año del Señor de 1811 don Mariano Sánchez Espinoza de Mora Luna y Pérez de Calderón, conde de Santa María de Guadalupe del Peñasco, llegó agitado y lleno de zozobra al oratorio de San Felipe Neri, en la Ciudad de México, y entre ahogos pidió ser recibido por el prepósito del templo, que era el reverendo padre José Tirado y Pliego.

Poco le faltó al conde para echarse de rodillas a los pies del sacerdote cuando lo tuvo enfrente. Casi llorando le dijo que quería hablar con él, pues le iba a revelar un caso tremendo, un pecado cuya enormidad no le cabía en el pecho, tan grave que pensaba si acaso el tribunal del Santo Oficio no debería conocerlo.

Quedó suspendido el buen padre Tirado al oír aquellos ahogos de don Mariano Sánchez, y le preguntó si el tal pecado era suyo. No, dijo el conde de Santa María. La falta que iba a denunciar la habían cometido un hombre y una mujer, y para descargo de su conciencia y méritos por la salvación de su alma él acudía a declarar lo que sabía, como fiel vasallo que era del Rey Nuestro Señor e hijo fidelísimo de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

Más se apuró el clérigo al escuchar aquello. ¡Santo Dios! ¿Qué denuncia sería aquella que iba a presentar ante él don Mariano? ¿Se trataba acaso de una herejía vitanda? ¿De un tremendo delito de lesa majestad? ¿De algún horrible sacrilegio? ¿Era aquella denuncia cosa que tocara a la Santa Inquisición, la cual de seguro castigaría al culpable con sambenito, coroza y vela verde, o auto de fe en el quemadero de Santo Domingo? No quiso el padre Tirado oír él solo tan colosal revelación, y llamó a su auxiliar, el presbítero Calvillo, para que lo acompañara y compartiera el oneroso gravamen de aquel terrible secreto que de labios de don Mariano iba a salir.

Sólo entonces, después de que el prepósito hubo cerrado puertas y ventanas para que el viento no llevara a otras partes las voces sofocadas por el miedo de don Mariano, éste habló. Y dijo que quería denunciar un retrato que había visto, de doña María Ignacia Rodríguez de Velasco, llamada por la gente la Güera Rodríguez. Ese retrato era obra del pintor y metalista Francisco Rodríguez Alconedo, quien lo había mostrado al denunciante. Relató don Mariano que estando él en su casa, con su esposa y una cuñada, llegó el tal artista, y tras llevarlo aparte le mostró un retrato al óleo que había pintado de la Güera. En el cuadro ella aparecía “con los pechos enteramente de fuera, de suerte, hace memoria el declarante, aunque no puede afirmarlo, que se le veía el ombligo. Y porque cree no haberse explicado bastante, dice que el retrato era de medio cuerpo, y todo él estaba desnudo, y aun sin camisa hasta el estómago, en donde comenzaba un drapeo azul hacia lo inferior”.

Cuando escucharon aquella denuncia tanto el padre Tirado como el presbítero Calvillo se miraron uno a otro y estuvieron a punto de soltar la carcajada. ¿Ése era el gran delito, el pecado descomunal que iba a denunciar el pavitonto conde? Lo acabaron de escuchar, sin embargo, en atención a su calidad, y luego, con toda solemnidad, levantaron un acta de su declaración. Muy serios se la leyeron, y le pidieron que la firmara, diciéndole que se fuera sin cuidado, que ya ellos pondrían el espantable suceso en conocimiento de la autoridad. Se fue, pues, don Mariano muy tranquilo. Ahora caminaba garboso y ligero, como si al hacer aquella importantísima revelación se hubiese quitado de encima una piedra de cinco toneladas.

No era crimen grande el que había cometido la Güera Rodríguez al hacerse retratar, como dijo Ramón López Velarde, “con las pechugas al vapor”. Seguía la moda de Europa, moda por la cual hasta las señoras más decentes tenían a honor ser retratadas mostrando no sólo la región galáctica, sino también, como dijo el pacato conde, “lo inferior”, que para los hombres con el alma en su almario es lo superior. Aquella era la moda, y la Güera la seguía gustosa, porque ciertamente tenía mucho que le pudieran retratar, bendito sea Dios.