Si el conocimiento sólo sirve a algunos, y si no conlleva justicia, es necesario, desde la ética, cuestionar sus sesgos.

El gran historiador inglés, Edward Gibbon, escribió, “Existe en el ser humano una propensión fuerte a despreciar las ventajas y magnificar los males de la época que le toca vivir”. Arropándose por tanta objetividad como sea posible, la idea de Gibbon, cierta para unos, es falsa para otros. Para quienes detentan el poder la idea es adecuada; para quienes no lo usufructúan o son víctimas de él, el mensaje es falso. Y añado lo que siempre agrego: si el conocimiento sólo sirve a algunos, y si no conlleva justicia, es necesario, desde la ética cuestionar sus sesgos. 

Nadie espera que el conocimiento “humanice” al ser humano, pero si sería deseable que éste se distribuyese “mejor”, que sirviese para disminuir las abismales diferencias entre quienes lo generan y se benefician de él, entre quienes saben de él, pero no cuentan con recursos para acceder a sus bonanzas. Para quienes carecen de “mucho”, todo ha empeorado; para quienes usufructúan el poder económico, todo ha mejorado. 

Me refugio en Lampedusa: “Para que todo permanezca igual es preciso que todo cambié”. Desde la muerte de Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957), todo, o casi todo, ha cambiado. Y todo, o casi todo, ha empeorado. Los cambios positivos se deben a los bienes generados por el conocimiento —mejoría en la esperanza de vida, control de diversas enfermedades, nuevas y más eficaces formas de comunicación. El estatus, o el empeoramiento de muchas circunstancias en comunidades marginadas, se debe a la distribución inadecuada del conocimiento y al usufructo de quienes tienen, en detrimento de quienes no tienen. 

Ejemplo demoledor es la esperanza de vida. En el siglo XIX la esperanza de vida era de 35 años. Al despuntar el siglo pasado, la esperanza aumentó a 55 años. Mejor sanidad e higiene fueron las razones subyacentes del incremento en la esperanza de vida entre uno y otro siglo. En esos siglos, las diferencias no eran tan marcadas entre las clases económicas. En el siglo XXI las distancias entre naciones ricas y pobres son groseras; esas distancias han disparado las diferencias: En Europa la media es 80 años; en África la media es menor a 50 años, y, en algunos países africanos, menor a 40 años. Una de las razones fundamentales de esa diferencia es la falta de agua potable. 

La población mundial ronda los 7 mil millones 230 mil personas. Cerca de mil millones de personas carecen de ese servicio. Siguiendo al querido Carlos Monsiváis, otras cifras para “documentar nuestro optimismo”: Cada seis segundos nace una persona y cada 13 segundos muere otra. Diferencial abismal en un mundo gastado, amenazado.

Los cambios, el gatopardismo —“que todo cambié para que todo siga igual”— sirven mucho a pocos, dañan mucho a muchos. 

La violencia genera violencia, la violencia genera desconfianza y la desconfianza genera inestabilidad. Esa tríada es veraz para el grueso de la población mundial. Contra las lecturas ufanas, groseras, ramplonas, del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional o de la Organización Mundial de la Salud, hacedoras de grandes palabras, la realidad.

De poco o nada sirve regodearse. El efecto lampedusa invita a hacer otras lecturas. Si bien sería exagerado afirmar que las reformas de las organizaciones mencionadas y de otras son inútiles, muchas de ellas no son más que reformas cosméticas, reformas epidérmicas: sanar la superficie no sirve. La mayoría de las veces la violencia tiene motivos; casi nunca es espontánea. Mantener intocados los privilegios de unos y sumir a otros en una espiral sin esperanzas es realidad y tragedia contemporánea. ¿Qué hacer y qué decir del conocimiento? 

La naturaleza humana milita contra su propia naturaleza y contra la Tierra. El embrollo continuará. No hay visos de mejoría, no hay certidumbres sanas. Comparto un ejemplo. En la actualidad viven más científicos dedicados a la Medicina que la suma de todos los previos. Sus avances, derivados del conocimiento, sirven a unos, ignoran a otros. Gibbon tiene razón cuando dice, que el ser humano “… magnifica los males de la época en la que le toca vivir”. Y también la tiene Lampedusa; desde el Poder se cuenta con la maquinaria suficiente, incluyendo el conocimiento, para hacer “que todo cambie para que todo siga igual”. 

Notas insomnes. El conocimiento per se es neutro. Su aplicación inequitativa incrementa las diferencias y genera violencia.