Siempre he discutido las hipótesis sobre los poderes curativos del arte. Casi todas ellas sostienen sus argumentos en la superchería o en la pseudociencia, o están cubiertas con la luz del aura romántica que —debido a la dificultad de una explicación objetiva— rodea a las artes. 

La poesía de Whitman no tiene propiedades antibióticas, ni un adagio de Albinoni contendrá el reflujo esofágico. Estos ejemplos provienen de mi imaginación, pero no están lejanos a los que pueblan numerosas páginas de internet o coloridas publicaciones de Facebook (con muchos likes, por cierto).

Pero de ninguna manera niego los poderes del arte, ¡vaya, si no los tuviera, las artes no gozarían de omnipresencia ni tendrían tantos seguidores como seres humanos han existido! Tal vez no reparemos en la magnitud de sus efectos debido a su presencia tan cotidiana como ineludible. 

La insignia del arte es la belleza, y aunque esta afirmación suscite discusiones interminables en los círculos intelectuales, es válida en sus términos más generales e intuitivos. Lo bello, a su vez, es un agente de influencia emotiva cuyos efectos rondan el placer, el asombro, la conmoción y el deslumbramiento. Por lo tanto (silogismo hipotético, dirían los lógicos) estos son también los ámbitos emotivos que el arte suele excitar. 

Pero esto es pura palabrería, ya que la explicación de los efectos emotivos y cognitivos del arte es tan sofisticada que pocos son los científicos que trabajan en dilucidarla, y la mayoría de las personas no conoce tales investigaciones. Por eso, los influjos del arte siguen explicándose típicamente en términos mágicos, espirituales, alquímicos, esotéricos, místicos o románticos. No hay inconveniente en ello: el sol regaba de luz el mundo antes de que Copérnico existiera. Sin embargo, el riesgo del pensamiento mágico es extender sus conclusiones a terrenos absurdos: hay quien dice haber criado violetas preciosas sustituyendo el agua por música de Vivaldi. Sí, es fácil extrapolar los efectos del arte, yo mismo experimenté esa sensación de magia hace mucho tiempo: 

Cuando era niño, en los anaqueles de la biblioteca de mi hermana había un libro verde. Se trataba de una colección de cuentos ilustrados entre los cuales figuraba Los trabajos de Enriquito. Siempre tuve rasgos ansiosos; a veces, de madrugada, despertaba angustiado sin razón aparente: “Son las tres de la mañana, me salta la panza”, escribí una vez en un cuadernito. Descubrí que el sobresalto se atenuaba leyendo Los trabajos de Enriquito. Con dibujos simpáticamente redondeados, contaba la historia de un niño que emprende un viaje lleno de retos con el fin de conseguir la cura para la enfermedad de su madre. Entre aquellas pastas verdes había encontrado un eficaz ansiolítico: “¡La magia del arte, la alquimia de la narración, la mística de la literatura!”, sería una bonita conclusión, y caso cerrado. Sin embargo, hasta ahora no he visto el libro verde en las farmacias, y tengo entendido que el alprazolam tiene más ventas que Los trabajos de Enriquito entre los ansiosos. 

Hace varias semanas conseguí, después de años de búsqueda, un ejemplar del libro verde. Naturalmente, lo abrí en la página 195. Se desataron una sonrisa y una nostalgia. El cuento y sus ilustraciones se habían transformado, y también sus efectos. Lo cual es una manera de eludir el hecho: yo me había transformado. 

Es difícil distinguir entre la magia y la empírica causalidad cuando los factores implicados son impalpables: ¿Cómo es que tal amasijo de sonidos me provoca tristeza? ¿Cómo es que aquel conjunto de colores me incita a la alegría? 

Son innegables los poderes de la narración, de la música o de la pintura: subyugan el sistema límbico y seducen el intelecto, lo hacen todo el tiempo; eso ya es de por sí prodigioso y complejo. No hace falta matar de sed a las violetas para legitimar las influencias del arte y de su belleza. 

Hace tiempo alguien dijo a una niña filósofa: “La cucarachas no hacen nada”. “Hacen miedo”, respondió ella. Yo me pregunto qué comentaría si yo le dijese: el arte no hace nada.