La voz humana posee notables facultades musicales, tantas, que algunos la señalan como el instrumento perfecto. Son muchos los recursos técnicos y expresivos de los que puede hacer gala; uno de ellos es el vibrato, el cual consiste en una ondulación en la emisión sonora o, en otros términos, en una variación periódica y mesurada en la frecuencia de la nota emitida. Pero, ¿cuándo vibrar?

Son incontables los géneros y los estilos del canto, unos prescinden del vibrato, otros lo utilizan ocasionalmente mientras que algunos lo exigen. En la ópera —aunque no en su totalidad— encontramos el ejemplo de lo último.

En la jerga operística el término “impostación” es de uso muy frecuente. Vocablo tomado del italiano, encierra en su etimología la acción de “poner en su lugar” o “colocar”. Pues bien, en la ópera, la voz tiene una impostación específica que responde a dos exigencias: necesidad y estética.

Debemos recordar que la ópera nació alrededor de 1600, cuando la gente no había domesticado la electricidad y no soñaba con la amplificación sonora por medios electrónicos. Los cantantes debían proyectar su voz de manera que estuviese balanceada con los instrumentos que la acompañaban. La demanda de intensidad vocal fue creciendo conforme aumentó el tamaño y sonoridad de las orquestas, y la impostación debió adaptarse a este incremento. Para el siglo XIX, el grosor orquestal había llegado al máximo y la técnica del canto se había ajustado a ello. ¿Cómo lograr traspasar con una voz toda esa densa masa instrumental sin comprometer la belleza del canto?

Si observamos el espectro de la emisión de un cantante de ópera, notamos que ciertas crestas de la gráfica lucen notoriamente pronunciadas. Lo que vemos son los “armónicos”. Como las rémoras que viajan junto al tiburón, los armónicos son sonidos que acompañan a la nota fundamental. Todo sonido de la naturaleza posee armónicos (los puros solo se pueden obtener de manera artificial). Por ejemplo, cuando alguien hace sonar una nota de “la”, estamos escuchando principalmente un “la”, pero tras ella se despliega una multitud de sonidos a distintas alturas. El “la” es el tiburón, las rémoras los armónicos.

La voz humana posee armónicos de manera natural, pero el entrenamiento puede potenciarlos. Un cantante de ópera ha alimentado sus rémoras de manera que se han vuelto robustas y destacadas. Un armónico en especial es llamado “formante”: rémora mayúscula del tiburón de la voz operística. Este armónico le permite al cantante destacar sobre una orquesta. Lo más interesante es que no hay rémora rechoncha sin vibrato. La voz de la ópera (salvo excepciones) “debe” vibrar. No es solo una cuestión de estilo, es una necesidad.

Hace tiempo vi un comentario en redes: “vibrar todo es como ponerle catsup a toda la comida”. Pues bien, resulta que Donizetti, Puccini, Verdi, Wagner o Leoncavallo son papas fritas: han de llevar catsup.

La impostación, por la vía de la necesidad y de la estética, nos lleva irremediablemente al vibrato. Por supuesto, no se debe caer en la exageración, pero tampoco se puede prescindir de él. Así que ya lo sabemos: no hay rémora rechoncha y linda sin tiburón ondulante.