Recién vivimos la Semana Santa y como cada año, se nos presenta como ocasión perfecta para reflexionar sobre  nuestra fe o, como en mi caso, sobre la falta de ésta.

No se crea, si por el mero hecho de haber sido bautizado en un hogar católico, la figura de Cristo me atañe muchísimo. Sí, aun y cuando tengo serias dudas sobre su existencia, admito su peso incomparable en la ética y la estética de nuestra cultura, además de que sólo Él define y/o explica algunos de los aspectos más contradictorios de nuestra idiosincrasia.

Luego, una cosa es Jesús -ser divino, simple mortal o amigo imaginario- y otra muy diferente lo que han hecho los hombres con su noción, básicamente una franquicia para cometer barbaridades a través de los siglos y un manual de conducta que es más útil como herramienta para sojuzgar que como guía para el perfeccionamiento espiritual.

  Precisamente, una de las maneras más efectivas de hacer de Cristo un instrumento de dominación es convirtiéndolo en símbolo. Esto era especialmente favorable en tiempos previos a la Ilustración, cuando el grueso dela gente no sabía leer, y vuelve a ser muy conveniente hoy en día que todo mundo sabe leer pero se le olvida que no cobran por ello.

 La Cruz es el logotipo de la Salvación, me refiero a la Redención de la Humanidad a través de Cristo, no a la cocina económica famosa por su arroz y chiles rellenos ¡Chin, ya me dio hambre!-.

Así que empuñando dicho símbolo se puede incurrir en cualquier atropello, desde matar a un vampiro que duerme plácido en su ataúd sin molestar a nadie hasta arrasar a una civilización completa, total, todo sea en nombre de Dios.

 Alguien mucho antes que yo reparó en que la Cruz de hecho es un instrumento de tortura -pregunte a los aficionados del Cruz Azul si no me cree-. Es el método con el que se supone se dio muerte al Hijo de Dios, pena impuesta por la autoridad romana de su tiempo, pero equivaldría a adorar a la soga o a la silla eléctrica de haber ultimado con alguna de éstas al Redentor.

   Es precisamente por ello que los primeros cristianos no rendían culto a este símbolo, pues les remitía inmediatamente a ese indecible tormento, por lo que preferían identificar a su Señor con el ictus o símbolo del pescadito que muchos adhieren en forma de pegatina a su parachoques en la actualidad.

Lo cierto es que la cristiandad no sería lo que es sin sus símbolos e íconos, siendo de todos el más poderoso y relevante el de la Cruz.

Y quizás en otras épocas, no tan remotas, erigir una cruz monumental para incorporarla al paisaje urbano respondía bien al contexto  del momento. Pero hoy en día, pretender imponer sobre una comunidad moderna, plural y regida por un gobierno laico la imagen colosal de un Cristo, carece de justificación urbana y de sensibilidad social.

Es sin embargo eso mismo lo que se tiene planeado para la hermana república de Monclova: El Cristo más Grande de Latinoamérica, el cual habrá de materializarse con el esfuerzo con junto de AHMSA, gobierno municipal y Gobierno Estatal.

 Las entidades públicas participantes argumentan que formará parte de un complejo de áreas verdes y recreativas y que será un detonador turístico -aunque todos sabemos que la única razón para visitar Monclovita seguirán siendo algunos de sus restaurantes-.

Podemos anticipar además el acostumbrado desaseo administrativo que significará la obra, pues es la marca del Gobierno del Estado.No obstante, mi comentario va sobre nuestra total carencia de símbolos y de valores que representar. No hubo prócer, gesta o hazaña histórica, no hay logro atlético, artístico o científico para enaltecer, para celebrar, para glorificar, para que adorne la vista y nos inspire.

No. Ahí vamos de regreso a los Cristos y las Cruces que, si forman parte de su particular fe está bien y si le ayudan a su personal mejoramiento, le felicito, pero nada tienen que hacer hacia el final del primer quinto del siglo 21 como atractivo urbanístico auspiciado con el dinero público.

No es de extrañarnos en absoluto que los gobiernos de Coahuila -el Estatal  y el de Monclova- vean muy natural su participación en la construcción de un paseo con temática religiosa.

 Y no nos extraña por tres razones:

1.- Ellos sabrán hacer negocio de donde sea, del proyecto más apremiante o el más descabellado, nuestros gobernantes siempre verán la manera de sacar su tajada.

2.- Nuestros gobiernos y representantes no se caracterizan por su imaginación profusa, ni por saber a dónde voltear cuando se trata de enaltecer a los verdaderos forjadores de nuestra identidad.

 3.- Cristo y la Cruz son innegablemente símbolos de dominación y de pensamiento sumiso -la Historia o me dejará mentir-, de manera que el proyecto vendría  a refrendar el perfil del ciudadano que tanto le favorece a nuestro régimen.

El Cristo de Monclova se habrá de imponer sobre cualquier otra obra de carácter prioritario, porque ésta pertenece al ámbito populismo visual, ese que se construye en piedra y hierro y que perdura a través de los siglos.