Uno de los graves defectos del debate público en México es que todos los temas, relevantes o no, son degradados rápidamente al nivel de conflicto político electoral y eso impide que se discutan los aspectos sensibles que merecerían un análisis detenido.

La culpa de ello, es importante decirlo sin ambigüedades, la tienen quienes integran nuestra clase política, poblada mayoritariamente por individuos a quienes resulta imposible pedirles una discusión seria y el análisis a profundidad de los asuntos públicos.

De hecho, la clase política mexicana se las ha arreglado bien para convencernos de que el debate es un ejercicio vacuo e incluso “dañino” al que es necesario sacarle la vuelta. La justificación ha sido largamente el hecho de “no polarizar”, de “no dividir”, de “no confrontar” a la sociedad.

Todo mundo puede fácilmente deducir, sin embargo, que al estar escasamente dotados para la esgrima intelectual, nuestros políticos intentan huir del debate y prefieren reducir las discusiones sobre temas relevantes a un puñado de frases efectistas que alimenten el morbo y distraigan a las masas.

Y esta, es importante decirlo también, es una conducta observada por los políticos de todos los signos ideológicos y de todas las generaciones. Porque en todos los tiempos y desde todas las trincheras, a nuestros políticos lo que les ha importado es vencer para conquistar el poder, nunca convencer.

El comentario viene al caso a propósito de la necesidad que tenemos, en este momento, de recrear un debate serio, profundo e inteligente sobre el federalismo fiscal y cómo este constituye la diferencia entre construir una república fuerte y condenarnos a ser un conjunto de entidades enclenques cuyo conjunto no se convierte en más que la suma de las partes.

Hoy más que nunca hace falta el establecimiento de múltiples espacios de discusión en los cuales esté proscrita la grosera superficialidad habitual en el discurso político mexicano y su lugar lo ocupen los argumentos construidos a partir de información verificable. Porque sólo de esta forma es posible recrear juntos un debate útil a los intereses colectivos.

Muy lejos de tal posibilidad, lo que tenemos es un sainete en el que nadie escucha a nadie y cualquier argumento es respondido con la descalificación al interlocutor a partir de colocarle etiquetas antojadizas.

En otras palabras, lejos de llenar el espacio con argumentos y disponerse a escuchar a quien piensa diferente para someter su discurso al contraste, lo que se anima es la polarización anímica, es decir, el uso de las hormonas en lugar de las neuronas.

Lo peligroso de la persistencia en esta conducta es que de allí puede salir cualquier cosa: desde la apatía y el descreimiento absoluto en la actividad política, hasta el golpe de autoritarismo más atroz. Ninguno de los dos extremos, es preciso señalarlo sin ambigüedades, resulta deseable.

Valdrá la pena en este sentido que este episodio sirva de lección a quienes pueblan nuestra clase política para hacerse cargo del pantano de frivolidad en que han convertido la discusión pública nacional y comprendan, de una buena vez, que ese comportamiento terminará siempre volviéndose en su contra.