El martes anterior se llevó a cabo el tercero y último debate entre los candidatos a la Presidencia de la República. Para todo efecto práctico, y debido al arranque del mundial de futbol, la contienda presidencial concluyó en esa fecha y poca atención recibirá de aquí a la jornada comicial del domingo 1 de julio.

Es relevante, así sea por cuestiones circunstanciales ajenas al proceso electoral, ubicar al debate del martes anterior como el punto final de la contienda. Y eso es así porque, sin duda alguna, uno de los elementos relevantes de las campañas de este año ha sido justamente la temporada de debates.

A partir del “atrevimiento” del Instituto Nacional Electoral, de experimentar con formatos diferentes –más frescos, menos acartonados, más debates y menos monólogos– el ejemplo cundió en el País y se organizaron múltiples ejercicios, a iniciativa de organizaciones de la sociedad civil, de instituciones de educación superior y de las propias autoridades electorales, cuyo balance es a cual más iluminador.

Obligados a salir de la zona de confort en la cual habitaron hasta ahora, las y los candidatos de todos los colores, quienes pretenden representarnos en los diferentes espacios del poder público, debieron presentarse ante el público tal cual son… y el retrato obtenido de tal ejercicio sirve sólo para documentar el pesimismo.

Así pues, la temporada de debates a la cual hemos asistido este año, gracias a la magia de internet, ha puesto frente a nosotros la evidencia contundente de una realidad desagradable: nuestra clase política está integrada, en su inmensa mayoría, por individuos carentes de los mínimos atributos necesarios para merecer nuestro voto y nuestra confianza.

Comenzando con los aspirantes a la Presidencia de la República, y concluyendo con quienes buscan encabezar un ayuntamiento u ocupar una regiduría, nuestros políticos han sido desnudados por los ejercicios de debate como individuos intelectualmente vulgares, incultos, incapaces de contener sus emociones personales, técnicamente ignorantes e ideológicamente extraviados, por sólo mencionar algunas de sus características más evidentes.

La visión es realmente espeluznante: un elenco de personajes contrahechos, al estilo de aquel “jurado” ideado para el esperpéntico programa de Carmen Salinas llamado “Hasta en las mejores familias”.

Algunas estampas de la temporada mexicana de debates:

El “Pato” Zambrano, candidato a la Alcaldía de Monterrey, perdiendo los estribos, sin importarle la inmortalización del momento, y amenazando a su oponente de Nueva Alianza con “partirle la madre” si volvía a referirse de forma grosera a su papá.

Guadalupe Vera Hernández, candidato a diputado local por el distrito IV de León, Guanjuato, siendo incapaz de darse cuenta de su disparate discursivo, al comprometerse a generar las condiciones “para que a los honestos les vaya mal, y a los corruptos… les vaya mal también”.

Mireya Ornelas García, candidata a la Alcaldía de Ciénega de Flores, Nuevo León, confesando su incapacidad para comprender el significado de un cuestionamiento relativo al contenido de su plataforma electoral o su programa de gobierno y ofreciendo a cambio, “decir algo”… aunque al final ni siquiera eso pudo hacer.

En la pista de la carrera presidencial también hubo lo suyo: “El Bronco” ofreciendo “en serio” instrumentar la política de “mocharle la mano” a los delincuentes, e incluso entrando en elaboraciones respecto del método para garantizar la separación del miembro en condiciones higiénicas, o la vulgaridad de López Obrador respondiendo con un “Ricky Riquín Canallín” a un cuestionamiento puntual respecto de su honestidad personal.

He omitido intencionalmente nombrar a los partidos de los cuales son candidatos la práctica totalidad de los individuos mencionados porque no es éste un asunto de partidos –o de candidaturas independientes–, sino uno de carácter estructural sobre el cual deberíamos reflexionar seriamente.

Porque en estos ejemplos, evidenciados a propósito de la mudanza en la forma de exposición pública de quienes aspiran a un cargo de elección popular, se encuentra la explicación de nuestros endémicos atrasos, de nuestros aparentemente insuperables rezagos.

Pero nadie se adelante: el problema no es la existencia de esta clase política atrasada, mediocre, desprovista del más elemental lustre intelectual, no: el problema es nuestra vocación contra intuitiva de, pese a la evidencia contundente, seguirles comprando su mercancía vacua y seguir depositando en ellas y ellos las esperanzas colectivas en la necesaria transformación de nuestras ciudades, nuestros estados, nuestro País.

La temporada de debates llega a su fin y su saldo no podría ser más desolador. Pese a ello, millones irán a las urnas el próximo domingo 1 de julio a depositar su voto con la esperanza de encontrar en esa clase política la respuesta a sus tribulaciones… nadie se llame a sorpresa con el resultado.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

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