El 7 de marzo del año 2000, el hoy presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, sostuvo un debate con Diego Fernández de Ceballos en el programa “Primero Noticias”. El encuentro fue moderado por Joaquín López Dóriga y está a disposición de quien desee verlo gracias a la magia de YouTube.

Tras casi 45 minutos de intercambios, el panista, a quien nadie podría regatear sus capacidades como polemista, arrojó la toalla:

“Este encuentro, sin duda generó muchísima expectativa en millones de mexicanos. Y querían, tal vez, otra cosa. Por lo menos, yo debo ofrecer la disculpa de que no se logró otro encuentro. El señor logró su propósito: injuriarme, descalificar a mi partido, manifestar que el señor Cárdenas es la maravilla, que usted es impoluto y que yo soy un criminal”, fueron las palabras con las cuales “El Jefe” Diego admitió su derrota.

Han transcurrido casi dos décadas desde aquel encuentro y los rivales ideológicos y políticos de López Obrador siguen perdiendo en sus confrontaciones contra él porque incurren exactamente en los mismos errores en los cuales incurrió Fernández de Ceballos aquella mañana: lo subestiman y, sobre todo, no lo estudian.

Con pasmosa frecuencia, quienes pretenden propinar una derrota al tabasqueño –y se saben o creen poseedores de capacidades oratorias superiores a las de aquel– suelen incurrir en la arrogancia de considerarlo derrotado de antemano, de catalogarlo como presa fácil.

Y no están equivocados al caracterizarlo como un incompetente en el arte de debatir. López Obrador, lo hemos dicho antes en este mismo espacio, es un individuo carente de ideas, pues sus alforjas se encuentran llenas apenas de un conjunto de ocurrencias, lugares comunes y frases manidas.

Pero el punto nodal de este asunto no son las ideas ni la capacidad discursiva, sino la habilidad para entender el objetivo con el cual se llega al campo de batalla y, en consecuencia, la capacidad para comprender cuál es la estrategia más eficaz para conquistar dicho objetivo.

El futuro Presidente no tiene el menor interés en ganar ninguna batalla de ideas; no tiene interés en convencer a nadie; no tiene interés en demostrar superioridad intelectual. Él ha estado –y sigue estando– en la batalla por los votos y la adhesión acrítica de quienes, como él, no pretenden razonar, sino sólo tener la oportunidad de destrozar a sus enemigos.

Por ello se ha presentado una y otra vez al campo de batalla armado de una sola, pero diabólicamente eficaz, estrategia para debatir: la descalificación ad hominem. Jamás ha ganado una batalla de ideas –porque para hacerlo es preciso, en primer lugar, tener ideas–, pero ha destrozado a sus enemigos en la arena con singular facilidad, recurriendo a la descalificación.

Cualquier observador distraído habría pronosticado, en el año 2000, la victoria de Fernández de Ceballos sobre López Obrador, dada la evidente superioridad discursiva del primero. Pero no fue así por una razón muy simple: el tabasqueño le restregó en la cara, una y otra vez, su “complicidad” con Carlos Salinas de Gortari y con ello “probó” su punto: cualquier frase pronunciada por el panista debería tomarse por falsa.

Hace falta sólo un gramo de honestidad intelectual para, después de ver el debate entre ambos, reconocer la solidez con la cual el panista demostró las falsedades en el discurso de López Obrador. Al final, él mismo entendió la trampa en la cual había caído y por ello reconoció sin ambigüedades la realidad: había sido derrotado.

Recordar esta historia sirve para entender lo ocurrido con la “consulta popular” sobre el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. 

Los adversarios de López Obrador cayeron, por enésima ocasión, en la trampa: creyeron ingenuamente en la posibilidad de convertir a la discusión en un debate de ideas y sólo consiguieron incrementar el capital de su opositor.

La consulta nunca fue planteada como un espacio para ventilar criterios técnicos, opiniones especializadas o evidencia científica. La “consulta” fue un acto político de un individuo para quien la vida es una campaña permanente y por ello sólo contaba una cosa: alimentar la animosidad de sus huestes para vestir de democracia una decisión arbitraria.

Por lo demás, la “consulta” sobre el Aeropuerto es el anticipo –puntual, claro, honesto, debe reconocerse– del estilo personal de gobernar de quien asumirá el poder dentro de cuatro semanas. Nadie puede llamarse a sorpresa, nadie podrá decirse engañado: el futuro Presidente ha sido, en esto sí, absolutamente transparente.

¿Deben resignarse entonces los adversarios políticos e ideológicos de López Obrador a la derrota permanente? No. Pero si en verdad quieren derrotarle deben entender claramente cómo la estrategia utilizada por ellos hasta ahora seguirá fracasando, de forma estrepitosa, de la misma forma en la cual lo ha hecho en las últimas dos décadas.

Vencer a López Obrador es posible. Pero para ello, sus adversarios deben dejar de menospreciarle y deben comenzar a estudiarle, a comprenderle. A partir de ello podrán identificar sus puntos débiles –los cuales abundan– y comenzar a dar golpes eficaces.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3
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