“En la noche de bodas le hice el amor a mi mujer tres veces”. Así dijo un recién casado, jactancioso. Apuntó otro: “Yo a la mía le hice el amor cuatro veces”. “Yo –manifestó el tercero– le hice el amor a mi esposa sólo una vez”. “¿Una vez nada más? –se burló uno de los amigos–. ¿Por qué?”. Explicó el otro: “Es que ella no estaba acostumbrada”… Afrodisio Pitongo, galán concupiscente, le pidió a Pirulina, muchacha sabidora, la dación de su más íntimo tesoro. Ella se negó a entregarlo. “¿Por qué?” –inquirió Pitongo. Explicó ella: “Es que si te doy lo que me pides podría provocar que suba el dólar”. Afrodisio puso cara de tonto. Explicó la muchacha: “Mira: cualquier pretexto es bueno cuando no quieres dar lo que te piden”… Impresionante, impactante y –no vacilo en decirlo– emocionante fue la manifestación que en defensa del voto y contra el fraude electoral encabezó en Saltillo el panista Guillermo Anaya la tarde del pasado martes. Los cálculos más conservadores estiman en 20 mil los asistentes a ese acto de elevado contenido cívico, pero muy probablemente fueron más. Ningún acarreado hubo entre ellos; todos fueron por propia voluntad. Largo era el recorrido desde el glorioso Ateneo Fuente hasta la emblemática Plaza de Armas, y sin embargo, cuando las primeras filas del contingente habían llegado ya al sitio de la concentración las últimas todavía no salían del punto de partida. En los años que llevo de existencia no había visto nunca en mi ciudad una marcha así de concurrida. El gran número de participantes; el entusiasmo que mostraron y su indignación ante los que consideran manejos fraudulentos para inclinar la votación a favor del candidato priísta harán seguramente que la Presidencia de la República, la secretaría de Gobernación y la dirigencia nacional del PRI vuelvan la mirada hacia Coahuila como foco de grave conflicto electoral. Eso después de que tanto localmente, como en las altas esferas de la Ciudad de México se celebró con júbilo la aparente victoria priísta. La verdad es que no está dicha aún la última palabra. Si el conteo final favorece –como es de esperarse– al candidato tricolor vendrá un cúmulo de impugnaciones, y la oposición interpondrá recursos de todo orden. De seguro el caso Coahuila llegará hasta el máximo tribunal. Priva en la mayoría de los coahuilenses un gran escepticismo sobre la eficacia e imparcialidad del órgano electoral local, y eso complica aún más las cosas. La elección de gobernador, pues, está lejos de haberse resuelto ya. Nadie puede aún cantar victoria. Importará sobremanera que se respete el voto mayoritario de los electores, y que ni el fraude de unos ni las negociaciones en secreto de otros suplan la voluntad de la ciudadanía. Otra cosa: urge ya la implantación de la segunda vuelta en los procesos de elección. Si ya existiera esa segunda vuelta no estaríamos viendo en Coahuila la enconada pugna que ahora presenciamos, y los coahuilenses tendríamos la certidumbre de ser gobernados por alguien que en verdad sería representante de la mayoría de los ciudadanos, y no de una minoría prendida, para colmo, con alfileres… Himenia Camafría, madura señorita soltera, sufría toda suerte de achaques, ajes, dolamas y alifafes. Le dijeron sus hermanos: “Te vamos a poner un médico de cabecera”. Sugirió ella: “¿Por qué no uno de toda la cama?”… El perico de la casa acostumbraba trepar a la barda del corral para ver lo que el gallo hacía con las gallinas. Cuando el lascivo cantador se le subía a una el loro lo incitaba con frases animosas: “¡Duro, compañero; duro!”. Sucedió que una ráfaga de viento hizo caer al cotorro. De inmediato el gallo fue hacia él y se le subió. Dijo entonces el loro con voz tenue: “Suave, compañerito; suave”… FIN.