Declararse partidario y defensor de la libertad de expresión cuando todo mundo se expresa de nosotros con palabras halagadoras carece de mérito. La defensa real e importante de esta libertad se registra cuando nos enfrentamos a la crítica, cuando debemos escuchar expresiones desagradables sobre nosotros.

Cito de memoria, pero creo sintetizar en el párrafo anterior una de las afortunadas frases con las cuales el relator Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Edison Lanza, expuso el reto fundamental al cual debe enfrentarse cualquier persona pública cuando se cuestiona su posición respecto de la libertad de expresión.

En efecto: de eso se trata el compromiso con este derecho, fundamental para la construcción de una sociedad democrática. Se trata de disponerse, en primer lugar, a defender las expresiones del otro, del contrario, del crítico. Se trata de comprometerse con la creación y protección de las condiciones para permitirle expresarse, incluso si sus dichos nos resultan desagradables.

No estamos acostumbrados a pensar de esta manera la libertad de expresión, sino más bien al revés, es decir, solemos pensarla como una cierta actitud hacia nosotros mismos, como una herramienta para garantizarnos personalmente la posibilidad de manifestarnos.

Pero, vista con detenimiento esta nueva perspectiva, resulta evidente la diferencia cualitativa respecto de la contraria: si todos nos dedicamos a defender el derecho de los demás a expresarse ninguna persona tendrá necesidad de amurallar su libertad individual porque no habrá nadie impidiéndole difundir su pensamiento.

Esta nueva perspectiva es una de las ideas sobre las cuales el gremio periodístico de Coahuila podría comenzar a construir un camino hacia la incorporación de herramientas adicionales para el ejercicio de su labor cotidiana, indispensable para la existencia y subsistencia de la democracia. La visita de Edison Lanza a Saltillo, para reunirse con un grupo plural de comunicadores, podría ser la chispa inicial del proceso.

Con el auspicio de la Academia Interamericana de Derechos Humanos de la Universidad Autónoma de Coahuila, ayer se registró un primer diálogo entre el Relator Especial y un grupo de periodistas cuyas exposiciones, diagnósticos y opiniones sirvieron para dejar clara una realidad puntual: la libertad de expresión enfrenta serios retos y amenazas en Coahuila.

No se trata, desde luego, de un diagnóstico nuevo, sino más bien de la reiteración de un dictamen largamente conocido –y padecido– por los comunicadores y por no pocos ciudadanos de a pie a quienes el ejercicio despótico del poder les ha impedido acceder al pleno ejercicio de sus libertades.

Pero siendo el diagnóstico noticia vieja, no lo es la posibilidad de explorar rutas novedosas para enfrentar sus consecuencias. Una de ellas es la de incorporar, al análisis de la realidad cercana, el filtro de los estándares construidos, desde el sistema interamericano de protección de derechos humanos, para exigir el cumplimiento de las obligaciones estatales.

Hacer esto implica asumir una perspectiva desde la cual los periodistas –y, en general, los ciudadanos– no solemos diagnosticar el entorno: la única solución posible a la desastrosa realidad circundante es la transformación, para bien, de las instituciones públicas.

A contracorriente de esta idea –y a partir de numerosas buenas razones, desde luego– desde el periodismo y desde la ciudadanía de a pie suele pensarse en una ruta por la cual se transita en sentido opuesto: como el Gobierno es irremediable, la sociedad debe asumir sus funciones pues sólo desde el exterior del sistema será posible garantizar los derechos de todos.

La perspectiva suena tentadora y hasta lógica. La realidad invita a no considerar siquiera la idea de emprender una cruzada para “enderezar” al sector público, pues tal posibilidad es absolutamente inexistente y, por ende, cualquier intento en ese sentido constituye incluso un acto de ingenuidad.

Pero si tal fuera cierto, entonces deberíamos iniciar el proceso de destrucción del modelo de organización según el cual, dada la complejidad de las sociedades actuales, resulta indispensable contar con una estructura gubernamental para conducir la vida colectiva.

En el proceso de recuperar la perspectiva correcta sirve mucho colocar delante de nuestros ojos las lentes de los estándares internacionales, en este caso, de los estándares interamericanos en materia de libertad de expresión. Vista la realidad a través de estos cristales resulta evidente la necesidad de modificar radicalmente la ruta a través de la cual nos hemos planteado, hasta ahora, la posibilidad de remontar los obstáculos.

Desde la perspectiva de los estándares queda claro cómo la única forma de considerar conquistado el territorio de la libertad es convencer a todo mundo de convertirse en defensor intransigente del derecho de los demás a expresarse. Logrado eso, la batalla se habrá ganado en definitiva y sin posibilidad de retroceso.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3
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