En tiempos tan amargos como los que vivimos, uno se pregunta cómo mantener con vida eso que los cursis llaman -¿llamamos?- “la esperanza”. Pero ¿puede mantenerse vivo un sentimiento tan fracturado, tan desbaratado, tan dolorido?

En circunstancias como las que ahora sufrimos parece difícil continuar erguidos como si nada sucediera o como si tuviésemos la fortaleza necesaria para enfrentar tantas calamidades, desde las más abyectas hasta las más triviales; desde las colectivas hasta las íntimas.

En medio de esta ráfaga incesante de tribulaciones, ¿cuál es la fórmula para seguir? ¿La fe en una religión, en una corriente espiritual, en un Dios? Ante una realidad que nos ofrece, como sobre una inmensa pantalla, tantas atrocidades apenas enmascaradas ¿qué partido tomar, qué hacer, cómo no perder la lucidez?

La era digital nos permite penetrar un mundo pleno de maravillas y hallazgos, sí, pero también la vertiginosa instantaneidad del horror, la crueldad y el cinismo que los seres humanos podemos alcanzar e incluso rebasar. Por un Paul Celan o un Philip Glass hay cientos o miles de seres que se mueven en la más perversa oscuridad.

¿Todo esto es exclusivo de esta época o Digitalia nos ha enfrentado a aquello que es inherente a la naturaleza humana de cualquier época? El terrorismo, el secuestro, el crimen en serie, las fosas clandestinas, la grotesca demagogia, el peculado, la miseria de millones y la portentosa riqueza de unos cuantos, la siniestra usura, el coloniaje con antifaz, el pingüe negocio de la guerra, el despotismo de los extremos político-ideológicos…

¿Qué lugar ocupa la esperanza en este paisaje desolador? ¿Dónde puede ubicársela? Un hombre desempleado va a la cárcel por robar una gallina para dar de comer a sus hijos; varios años de cautiverio le esperan. Otro hombre –el gobernador de un estado, un funcionario de gobierno- desvía miles de millones de pesos que van a dar a su bolsillo y “los abogados” y “las leyes” encuentran “letras pequeñas” o recovecos en “la Justicia” para declararlo inocente y dejarlo en libertad. ¿Cómo entender esta anomalía?

Desde Platón hasta los más insignes teóricos de la economía, la sociedad, la antropología y otras disciplinas –como Bourdieu, Isaiah Berlin, Hannah Arendt, Gianni Vattimo, Baudrillard, Z. Bauman o Lipovetsky, pasando por Hobbes, Montesquieu, Rousseau y otros/as- se ha soñado con una “república” ideal, una “res-publica” en la que los individuos podamos convivir en una relativa armonía. No suena mal –ya que hablamos de armonía-, pero lo cierto es que, por muy sofisticadas que sean tales teorías o hipótesis, la realidad termina siempre imponiendo su imperio: esto es mío, aquello es tuyo: la propiedad privada y su mascota, una hidra llamada ambición.

Un barco no debería navegar con una sola ancla, ni la vida con una sola esperanza”
Epicteto

Porque la ambición y el -afán de- poder son la mancuerna que de verdad mueve al mundo, no el amor, nunca el amor. Los Beatles fueron excesivamente inocentes cuando cantaban: “All you need is love”. Lennon fue bastante inocente e ingenuo, a pesar de su inteligencia y de sus ideas de izquierda. Obvio: compuso ese himno utópico tenía menos de 30 años cuando.

Aunque en el fondo es verdad –“Todo lo que necesitas es amor”-, esa verdad no parece operativa en la realidad real. En ésta, la única opción es darwiniana: el pez grande devora al pequeño: ése es el ciclo de la cadena alimenticia, el ciclo de la vida. Pero ¿una tesis biológica como ésta es aplicable sin más a la humanidad, al inmenso mosaico de sociedades humanas?

Un erudito youtuber asegura que las notas musicales “no tienen sentimientos”: “si éste o aquél sienten tristeza o alegría al escuchar un pasaje de Schumann pues es su problema…”, dice. Así, toda la música de Tchaikovski, de Brahms o de cualquier otro gran compositor son construcciones sonoras meramente técnicas. Y nada más que eso. Si atendemos a esta hipótesis, el Adagietto de la 5ª Sinfonía de Mahler es sólo eso y nada más que eso: cualquier asomo de sentimentalidad o emotividad queda fuera de los propósitos del compositor, de la orquesta y acaso hasta del escucha.

¿Sucede lo mismo con la poesía, las artes visuales, la danza, el teatro, el cine o la vida de los seres humanos? No lo creo. Las notas musicales dicen tanto como las palabras, los colores, los movimientos corporales, la gestualidad y la expresión holística de hombres, mujeres, niños, ancianos. Una madre suele sufrir al perder a su hijo. Un hombre suele abandonarse en la tristeza cuando su padre muere. Duele saber que la vida se derrumba y cae sobre nosotros como un edificio decrépito.

Ante sucesos como éstos o como tantos otros que nos atraviesan cada día, ¿dónde queda la esperanza? ¿Dónde está cuando vemos el sufrimiento de nuestros semejantes en la pantalla de la televisión o en la calle? ¿Dónde, cuando el infortunio nos toca con su dedo de hielo y su elección es irreversible?

Miguel Hernández, el humilde poeta español que la Generación del 27 respetó y apreció tanto, habla como pocos de esos dolores con una autenticidad lejana, muy lejana de la falsa retórica que muchos practican en estos tiempos: “Pintada, no vacía: / pintada está mi casa / del color de las grandes / pasiones y desgracias. // Regresará del llanto / adonde fue llevada / con su desierta mesa / con su ruinosa cama…”.

Hernández, sin embargo, deja un resquicio a la esperanza y sueña imposibilidades: “Florecerán los besos / sobre las almohadas. / Y en torno de los cuerpos / elevará la sábana / su intensa enredadera / nocturna, perfumada. // El odio se amortigua / detrás de la ventana…”.

Por eso, sin signos de exclamación, el poeta pide en el verso final de su “Canción última”: “Dejadme la esperanza.” Es posible que millones de dolientes soliciten lo mismo y otros tantos, ya decepcionados, echen por la borda el último jirón de una esperanza que jamás fue verde.