Cayó del cielo la nieve, iluminó la sierra con su hermosura de un solo color. La belleza eterna de lo blanco reveló la belleza escondida que ya no vemos. Nos detuvo a contemplar su lentitud en caer, su silencioso volar y su poderoso pincel. Ni las rocas milenarias, ni los pinos gigantescos opusieron resistencia a su belleza que transforma todo en blanco.

El lodo de los caminos y senderos, los surcos despojados de su rastrojo, los terrones solitarios, marginados se volvieron hermosos, personajes admirados de un paisaje que  integraba todo democráticamente con su nieve y su blancura.

Hasta las cabañas de los pobres y los rostros de sus mujeres revivieron con sorpresa y con sonrisas una alegría que nacía de la tierra, de los pinos y de su alma. La blancura de la nieve deslumbraba sus pupilas y recordaba la belleza, tan olvidada por las preocupaciones del comer, del trabajar y del vivir. La belleza silenciada en todas partes por las prisas que se roban las horas y los minutos irrepetibles de los días.

Y la nieve acudió a despertar con su pintura las otras emociones sin las cuales el vivir se convierte en moler la vida diaria, en fundir la basura del esfuerzo humano, en mecanizar el amor y  la sonrisa, la generosidad y la alegría. Esas otras emociones del corazón, de donde nacen las melodías y los poemas, el heroísmo y los ideales, la solidaridad y la compasión incondicional, la generosidad y el desprendimiento espontáneo.

Nos hacía falta una nevada para recuperar una parte de nuestra realidad humana. Este año hemos estado abrumados por informaciones criminales, injustas, corruptas, cínicas, terroríficas, que dibujan unos escenarios catastróficos en lo climático, en lo económico, en lo internacional, en lo político. La humanidad vive una transformación a una velocidad inmanejable. Su conciencia está despertando y se da cuenta del abismo hacia donde se encamina: guerras nucleares, terrorismo sin fronteras, migraciones inhumanas, contaminación de los cielos, desertificación de las tierras. 

Y sobre todos estos males, un deterioro del concepto de lo bueno y de lo malo, de la verdad y la mentira, que justifican una cultura deshumanizante que elimina la dignidad del hombre y su familia como avance tecnológico. Y la conciencia del hombre antes dormida y sumisa ahora sufre y se rebela.

Necesitamos una nevada humana que nos haga descubrir y tomar conciencia de la otra parte de nuestra realidad, la de color blanco. Esto no es un romanticismo superficial que se derrite como la nieve cuando de nuevo salga el sol y despoje al lodo de su blancura.

La belleza humana es una realidad que siempre ha convivido con el hombre desde que fue concebido por primera vez y ha vitalizado su espíritu y su corazón. El problema estriba en que siempre está en el corazón, y la razón práctica, o la “inteligencia” o la utilidad, o el hambre o el instinto por sobrevivir, o el miedo a ser despreciada y humillada la encarcelan y no le permiten ejercer su sabiduría. Una sociedad secularmente inhumana se siente honorable cuando le permite exponer sus “obras de arte”, pero le prohíbe atender a “sus razones, que la razón desconoce” (Blas Pascal).

La joya más preciosa del corazón humano es el amor. El amor es la belleza que acompaña cada vivir, le da vida a la verdad y  al corazón. Es la realidad blanca que transforma y da esperanza al hombre. A pesar de vivir encarcelado por siglos ha sido la fuerza vital, silenciosa, que nunca ha sido derrotada por el deterioro humano por más que se extienda en los siglos y en el presente. 

La nevada de la sierra nos revela de nuevo una nieve blanca, eterna: la belleza que no se derrite en el corazón del hombre.