Aunque parezca un poco atrevido hablar de procesos de dominio a través del lenguaje, mostraré ejemplos que ilustren el tema. Son los que hemos estado observando y viviendo estos días.

La pregunta es si además de la violencia física que experimentamos desde hace años (¿le parece que 100 mil muertos sea una cifra importante?) y de la violencia simbólica (¿ofender mujeres, maltratar niños, despreciar a los humildes?): ¿en el lenguaje hay violencia?

Antes de avanzar quiero decir que una cosa es la expresión verbal y otra el peso enorme de los significados que llegan junto con las palabras. Todas las palabras que usamos están en el diccionario y no son en sí mismas ni buenas ni malas, sino producto de miles de años de una cultura que las fue creando cuando las necesitaba. Sabemos que algunas son hirientes. El rey de Castilla Alfonso X, el Sabio, decretó “Las Siete Partidas” alrededor del año 1246. Una ley decía: “Cualquier hombre que a otro denostare y le dijese gafo o sodomita, o cornudo, o traidor, o hereje, o a mujer de su marido puta, desdígalo ante el alcalde”. Hace 773 años se reconocían términos que existían, pero no debían utilizarse contra alguien.

La palabra siempre (o casi) está relacionada a contextos específicos. Por eso es muy poderosa, muy embustera o muy dinámica. Los ejemplos que voy a utilizar son recientes y me parecen aleccionadores; dejo a usted su aceptación o rechazo. 

Una persona que tiene una larga carrera política y que, de paso, fue primera dama del Estado de Coahuila, Carolina Viggiano, regresó a Saltillo (ciudad que siempre despreció y de la que huía con frecuencia) a darnos clases de coherencia, de lógica y de moral. La entrevista hecha en Vanguardia es de antología. Decididamente ella está contra la corrupción, la ficción y la imposición. 

Propone romper con actos reprensibles y luchar por la democracia. Su mensaje era para los priistas; si usted no está en ese partido pase por alto la frase.

Casi al mismo tiempo la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, junto al subsecretario de Derechos Humanos, Alejandro Encinas, y el gobernador Miguel Riquelme se dieron cita en Allende para pedir perdón por la masacre. Aceptaron 27 muertos cuando todos dicen, incluyéndolos a ellos, que fueron arriba de 300. Las Familias por Nuestros Desaparecidos no se fueron con la finta y rechazaron el acto. Ellas no quieren perdón ni olvido, sino justicia. Y obligaron a los gobernantes a escucharlas en un salón aparte. Sí, las palabras significan lo que significan, pero también significan otras cosas (esta frase es de Eric van Young).

Me duele, porque sigo apreciándolo, pero considero que nuestro Presidente, Andrés Manuel, cae con frecuencia en esa trampa. Pasa de hombre de Estado a camarada generoso y dicharachero. Echó abajo un proyecto, que puede beneficiar a 100 mil pobres de la Comarca Lagunera, pidiendo en una reunión que los que desaprobaran el Metrobús levantaran la mano. Es una pena que nuestro Presidente maneje a las masas con tanto desenfado
 y que todavía nombre “democracia” a ese acto.

La palabra “austeridad” le vino de perlas a uno de los congresistas laguneros del PAN. Le pareció que austeridad significa ahorrar dinero destruyendo vidas y empezó a desocupar gente que tenía años en el Congreso local y que pasa de los 60 años de edad; algo de sadismo hay en el hecho: lanza a familias concretas a la nada, lo curioso es que a esos “corridos” los suple con amigos de Torreón. Esa austeridad sirve para apropiarse de espacios de poder.

Decididamente los políticos traen locos a los ciudadanos. Buscamos el significado de las palabras en el diccionario y encontramos definiciones que no concuerdan con las de ellos. Están construyendo una lengua, la suya, que quieren que valga para todos y para siempre. Lástima que esos cambios a menudo requieren siglos. ¡A ellos qué les importa!

Nuestros políticos rompen con la lógica del lenguaje que se ha construido por siglos para imponernos sus propias definiciones. El manejo de la lengua les está siendo un elemento de imperio sobre los demás. Y recuerde que en esto, tanto los pobres como los ricos, somos usufructuarios de un idioma que nos viene desde los romanos y en parte de los griegos. 

De Habla y Tiempo
Carlos Manuel Valdés