Zygmunt Bauman, sociólogo polaco nacido en 1925 y fallecido hace apenas tres años sostiene interesantes conceptos acerca de la vida contemporánea: los hábitos, las costumbres que hasta el presente se tenían como ciertos, de pronto se presentan cargados de incertidumbre. Es el autor de los conceptos de sociedad, amor y miedo líquidos. Sus valoraciones en torno a ello cobran vigencia en un momento como el que actualmente atravesamos.

La humanidad vivió por mucho tiempo con cierto grado de certezas, terribles unas, dolorosas, o bellas y alentadoras, pero certezas.

La solidez de sentimientos, de pensamientos, de ideologías era posible hasta traducirla en lenguajes arquitectónicos: si el hombre debía protegerse, sabía que lo mejor sería esconderse en cuevas; si debía defenderse, construiría a su alrededor murallas, como ejemplo elocuente, la Muralla China. Si, en cambio, veneraba deidades, a ellas les construía magníficos recintos, de acuerdo a su espacio, sus materiales, y las características que les atribuía o los poderes mágicos que creían también poseían.

De ello, podemos extraer la imagen de las iglesias góticas, cuyos creadores afincaban su espiritualidad en la elevación al cielo de sus estructuras. Así, estas iglesias son espléndidos recintos orientados todos ellos, en su construcción, en búsqueda de las alturas, donde está Dios que los inspira. Si pensamos, lo compartía con estudiantes hace unos meses, en la imagen de la Catedral de Milán, observamos cada uno de sus elementos arquitectónicos con dirección al cielo, en lo que nos es posible descubrir la idea de un rezo permanente.

Artistas, pensadores, poetas, científicos, encontraban en ese grado de certezas la inspiración para sus encuentros con el amor, con las ideas, con la realidad y la naturaleza.

De este modo, un Miguel Ángel Buonarroti pintará la bóveda y la pared del altar de la Capilla Sixtina. Hay en esos trabajos una certeza: pasajes bíblicos que dan sustento a una religión. La capilla Sixtina, la estancia que sirvió como capilla de la fortaleza vaticana y sede para elegir al nuevo Papa, es un claro ejemplo de seguridades dentro aún de la espiritualidad.

Miguel Ángel hará lo mismo al recrear el bellísimo David: manos fuertes, como las que debió haber tenido el David bíblico para lanzar la piedra que mataría a Goliat. Volvemos con ello a las certezas, espirituales en este caso.

La época moderna de la que nos habla el autor del concepto de Miedo Líquido depara perplejidad. Aquello que ya no es posible aprehender ni siquiera con el deseo. La perplejidad que domina todo.

¿Ante qué nos encontramos? De pronto, aparecen los miedos de los primeros tiempos: el miedo a la naturaleza, el miedo al otro ser humano que se aparece de pronto y no se sabe cómo actuar ante él. El miedo, la perplejidad, frente a un mundo que de pronto se volvió inasible. Inaprehensible.

Si antes de lo que ocurre ahora en nuestro entorno, que es la presencia del coronavirus, ya Zygmunt señalaba que el temor líquido, el que se sale de control, estaba en el terrorismo, en la inseguridad, en la falta de certezas frente a lo que nos rodea, hoy se agrega lo que en la actualidad se vive.

Las preguntas saltan de continente a continente: medicina, paliativos, vacunas, la vida después de los confinamientos.

Resulta de gran interés explorar en esta visión del autor de hoy, pero muy importante también es que no decaiga el optimismo. Si bien el pesimismo impera en muchos, la búsqueda de alternativas de convivencia humana debe convertirse en un motor.

Porque, en efecto, ¿cómo será cuándo la sociedad completa salga al exterior de sus casas? ¿Qué descubrirán los miles y miles de niños y adolescentes estudiantes que ahora no han salido? ¿Qué harán, y qué haremos todos nosotros para que los miedos no paralicen y sí imperen sólidos sentimientos de amor?